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Agustina Bazterrica: “Creo que tengo un radar para ver las oscuridades del mundo” [+podcast]

4 de octubre de 2020

Niños abusados. Suicidas enamoradas. Violencia, locura. Todas estas cosas se encuentran en los cuentos de Diecinueve garras y un pájaro oscuro, su nuevo libro de cuentos.

Empezó con unos intercambios de mails donde pautamos un día y horario. Un día que resultó ser una calurosa tarde de primavera, haciendo archivo, uno se entera de que “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carrol es uno de los libros que marcaron a Agustina Bazterrica. Tal vez de ahí le viene su afición al misterio y a los mundos imaginarios. Es Licenciada en Artes de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Su novela “Cadáver exquisito”, la historia de un mundo distópico donde está permitido comer carne humana, fue Premio Clarín en 2017 y ya tiene varias propuestas para ser llevada al cine. En plena pandemia Alfaguara lanza “Diecinueve garras y un pájaro oscuro”, una reedición de sus mejores cuentos.

Hoy en metaLetras, Agustina Bazterrica…

– ¿Modificaste mucho cuando corregiste los cuentos para esta nueva edición?
– La diferencia con la edición anterior es que esta tiene una mirada curatorial de Julieta Oberman. Julieta me pidió que cambie títulos, que saque epígrafes. Y también corregí palabras, dos errores que encontré, pequeños, que en todos estos años no había visto. Esto que decía Borges: “para dejar de corregir hay que publicar”, siempre vas a encontrar cosas. Además tienen las correcciones de la gente de Alfaguara, que se dedican a eso y algo saben.

– Hablando de curaduría, vos sos Licenciada en Artes de la UBA. ¿Cuánto de tu conocimiento en Artes hay a la hora de escribir?
Bastante. Yo me especialicé en plásticas, y tengo un bagaje de imágenes en la cabeza que jamás hubiese tenido sin esta carrera que es sumamente hermosa pero muy exigente. Por ejemplo, en el cuento Arquitecturas, la protagonista del cuento es una iglesia gótica. Y lo escribí cuando estaba estudiando medieval con Nora Gómez, que es una profesora que amo y amé: murió hace poco, lamentablemente. Y gracias a ella me enamoré del gótico. Ese cuento surgió por Nora, por ejemplo. También surgió otro, que se lo dediqué, Sin lágrimas, que habla un personaje que se llama Tartáz. Yo la estaba ayudando a Nora con su tesis doctoral. Estábamos investigando juntas y lei que a los comienzos, en Buenos Aires, en la época colonial, se hacían enormes banquetes en los funerales. Y había unos tipos, como este Tartáz, que existió, que iba a los banquetes a comer. No conocía al muerto, el tipo iba a comer (Ríe). Y se colaba en los funerales y se murió de una indigestión. Y dije “Tengo que escribir sobre este señor”. Y en Cadáver exquisito la carrera está en que es una novela muy visual. Y es por eso que ya tuvo más de veinte propuestas para ser filmada, creo yo. Y aparte la Facultad lo que me dió es esta cuestión de leer mucha cantidad de textos y analizarlos en relativamente poco tiempo, porque había muchísimo para leer. De hecho estuve toda la pandemia con las cajas de apuntes que invadían mi casa. La carrera me dió mucho, pero no me dediqué después porque siempre supe que quería escribir. Hice algunas cosas, visitas guiadas en el Fortabat, escribí algunos artículos relacionados con arte, pero no me dediqué como algunas amigas a dar clases o estar en el ambiente.

– Y habiendo sabido siempre que querías escribir, ¿por qué seguiste esa carrera?
– Un mito urbano que dice que la carrera de Letras no te enseña a escribir. Conozco escritores que estudiaron Letras y escriben. Gabriela Cabezón Cámara, por ejemplo. Y muchos escritores a los que Letras les coartó la creatividad. Porque la carrera de Letras no te enseña efectivamente “a escribir”, te enseña a analizar textos.

– Quizás lo que ocurre es que Letras no te enseña a escribir, pero si te enseña a leer, en muy diversos planos. Cosa que necesitás para escribir.
Totalmente. En eso estoy totalmente de acuerdo. Por ahí lo que pasa, según lo que he hablado con mucha gente que hizo la carrera es que lees a los y las grandes consagradas y consagrados, y caes bajo ese peso de “cuándo voy a llegar a escribir así”. Y bueno, por ahí eso también te coarta. Ahora hay más posibilidades, hay una carrera en la UNA que creo que es escritura creativa, que antes no había.

– Creo que es un concepto más sajón.
– Si, hay un famoso taller en Iowa, ¿no? Que fueron varios escritores, cada tanto lo leo en biografías. Pero cuando yo estudiaba esa carrera no existía.

– Hay una especie de renacer del cuento como género. Hay muchos autores, y sobretodo autoras, como Samantha Schweblin o Mariana Enriquez, que están publicando cuentos ¿Por qué pensás que ocurre esto?
– Creo que la Argentina tuvo siempre grandes cuentistas. Cortázar, Silvina Ocampo, Borges. Es un género con una tradición enorme. No se si hay un “renacer”, quizás hay escritoras potentes que casualmente escriben cuentos, como Mariana Enriquez, que igual ahora sacó una novela. Hay otras como Vera Giaconi, otra gran cuentista. Y creo que mucha gente sigue a Enriquez -antes de esta entrevista estaba releyendo su cuento, La casa de Adela- porque su escritura es potente y ella se dedica a un género como el terror que creo que muy poca gente se dedica a escribir. Cortázar tiene cuentos que pueden ser considerados de terror, pero nadie se dedicó tanto como Enriquez. Y lo mismo con Samantha Schweblin, que también tiene este clima siniestro. Me pone muy contenta esto porque ellas abrieron un camino nuevo para lo que hacían otras escritoras y escritores. Además son gente con proyección internacional, porque las traducen, las premian, etc. Y pienso que cuando hay buenos cuentos la gente los lee, independientemente del género.

– Tus cuentos también son bastante siniestros. En tus cuentos hay un elemento que se puede leer en los mejores cuentistas que es la sorpresa. Uno entra a estos cuentos, no entiende qué está pasando, y entiende recién en el último párrafo. ¿Cómo es tu método para planear un cuento?
– No tengo un método claro. Hay muchos años de taller. Tengo ideas que son como rompecabezas que se van juntando y cuando el rompecabezas está completo me pongo a escribir el cuento. En el cuento Rosa Bombón hablo de un suicidio kitsch. Quería escribir ese cuento hace varios años pero no sabía cómo. No quería en primera persona porque es inverosímil: la persona se suicida. Una tercera tampoco me cerraba. Y un día estaba leyendo para la facultad sobre “la nueva figuración” que es un grupo de artistas plásticos entre los que estaban Rómulo Macció, De la Vega y Felipe Noé. Y leí que ellos estaban en contra del “rosa bombón”. Y dije “esto es el título”. Y después me topé con un libro de autoayuda y ahí dije “listo, acá está todo”. Pero eso me llevó años. Es una cuestión intuitiva, que parece “fácil”; pero en realidad abarca un montón de cosas, lecturas, reflexiones, lo que voy viviendo. Roberto es un cuento que escribí a los diecinueve años que habla sobre el abuso. Habíamos leído en el taller literario Carta de una señorita en París de Cortázar, donde el protagonista vomita conejos. Y ahí salió. Infierno son tres viejas que se ponen a torturar un pájaro. Lo escribí con un español ultra barroco, y mucho después me di cuenta que lo había escrito porque me habían bochado de una materia. Y en la mesa de examen eran tres. Así que claramente estaba haciendo un descargo.

– Y respecto a las lecturas, ¿Cuáles son las lecturas que te motivan a escribir?
– Van cambiando. Autores que puedo seguir releyendo: Kafka, Joyce-que lo leí, leí el Ulises en inglés- Flannery Ó Connor, Saer -para mí uno de los mejores escritores argentinos- de los nuevos recomiendo Mi abandono de Peter Rock, Juan José Becerra, Roque Larraquy. Y hay más.

– Volviendo a los cuentos, ¿Qué pensás que a un cuento no le puede faltar?
– Carver decía que un buen cuento es “una pequeña sorpresa que explota en las manos”. Creo que es uno de los géneros más difíciles. Se requiere una gran economía de recursos, todo tiene que estar supeditado a la historia, en pocas líneas tenés que desarrollar un conflicto, ninguna palabra tiene que sobrar. Cortázar decía que “una novela gana por puntos, un cuento por KNOCK OUT”. Hay que construir ese KNOCK OUT. Aunque hay cuentos que ganan por puntos. Sombras sobre el vidrio esmerilado de Saer, por ejemplo. Porque tiene capas de análisis que hacen que lo sigas leyendo y encontrando cuestiones. Igual, el género más difícil para mí es la poesía, bien escrita. Tenés que ser tan preciso con las palabras. A mí es lo que más me cuesta.

– En los cuentos del libro hay maltrato infantil, víctimas de abuso, suicidios, locura, ¿por qué te interesa este universo?
Yo creo que mi literatura siempre es de denuncia. Trabajo con la violencia de raíz, los distintos tipos y matices de la violencia. Desde abusos a niños hasta un cuento como Anita y la felicidad, que es un cuento simpático de un tipo que está convencido de que la novia es un alien, pero también hay maltrato ahí. Rosa bombón es gracioso, pero hay una relación tóxica de ella con el ex novio, sin el cual no puede vivir. Creo que tengo un radar para ver las oscuridades del mundo. Exploro mis propios demonios, que muchos de ellos son demonios sociales. Soy un sujeto social.

– ¿Crees que toda literatura está relacionada con la sociedad en la que nace?
Sí. Si no serías alguien que viviría aislado. Por más que te vayas a una isla tendrías al capitalismo dentro tuyo, al sistema dentro tuyo. Porque naciste en este sistema. Toda literatura y arte lo podés analizar desde lo social, me parece.

– ¿En tu lector ideal que querés generar?
– Movilizarlo, interpelarlo. Que genere algún desgarro, por eso diecinueve garras.

– ¿Estás ahora en algún proyecto?
– Sí, estoy escribiendo una novela. Estoy investigando bastante. Que fue lo que hice con Cadaver exquisito antes de escribirlo, investigué como seis meses. No puedo decir mucho todavía.

– Cadáver exquisito trataba sobre una distopía y podríamos decir que con el coronavirus y la cuarentena estamos viviendo en una. ¿Cómo te imaginás que se va a retratar esta distopía en la literatura del mañana?
– Es una pregunta difícil porque no se si mañana explotará el mundo por los aires. Sobre lo que está pasando hoy primero pienso que no es tan descabellado que haya sucedido. Hubo otras pandemias a lo largo de la historia: La Peste Negra, la Gripe Española, etc. Y comparado con esas situaciones en las que murieron millones de personas y la civilización se frenó, la civilización siguió. Más allá de que muchas personas murieron. Estamos por zoom, hablando de libros. Me parece que no es tan tremenda como podría haber sido o como parecía que iba a ser al principio. Probablemente saquen muchos libros relacionados con “el diario de la pandemia”, muchos libros relacionados con el encierro. Me cuesta mucho pensar en el momento en que están sucediendo las cosas. Necesito tomar distancia para poder analizarlo, y todavía esa distancia no la puedo tomar. Y como todos estamos viviendo lo mismo, ¿qué focalización diferente encontrar para aportar algo nuevo? Para mi de eso se trata la literatura. Los temas son limitados, no hay un millón y medio. Nadie es original, salvo la voz y dónde poner el foco para contar.

– Hay muchas causas (los derechos de los animales, el feminismo) que te tomás muy en serio. Y decís que escribís para generar un cambio. Si las distopías son mundos imaginarios donde algo sale mal, ¿Cuál es tu mundo imaginario perfecto?
– “Perfecto” no me interesa. porque también me interesa el error. Pienso un mundo con mayor equidad, donde se incluya a mujeres y minorías (lesbianas, chicas trans, gente con género fluido.) Un mundo sin violencia, donde haya una convivencia armónica con el otro, tanto humano como no. Creo que estamos muy lejos de eso. Yo creo fervientemente que estamos todos conectados energéticamente. Lo que vos hacés afecta al otro, lo que vos pensás afecta a la red.

– ¿Quién debería y quién no debería leer tu libro de cuentos?
– “Deber” no se. Me gustaría que lo lea la persona que quiera leer literatura y disfrutar de los distintos registros que tiene este libro, que los cuentos son todos diferentes. Tienen humor, pero tienen este peso existencial, de denuncia. Y quién no debería… qué difícil tu pregunta… lo contrario. ¿Viste que hay personas que leen para encontrar errores? Esa gente no. Me ha pasado que me han escrito, no muchas, pero algunas personas solamente marcándome los errores en la obra. Por ahí encuentran placer en eso. Pero no me imagino un disfrute ahí, no se si es gente que no puede disfrutar.

– Es la parte de que estemos todos conectados, ¿no?
– Si. Está bien y yo lo acepto. Y también publicar es exponerse a todo, ¿no? Que la gente le guste, que no. Es parte del juego. Por haber ido tanto a taller literario tengo mucha experiencia en aceptar críticas constructivas y destructivas. Porque he tenido compañeros en taller complicadísimos, o gente que aún no sabe hacer críticas y entonces te dicen “tu cuento me pareció horrible” y no saben por qué. No te pueden ayudar. Publicar de manera masiva es exponerse a todo tipo de lector. Está bien que sea así.

Tomás Rodríguez

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