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Aquel banco. Vivencias VI [columna]

2 de mayo de 2020

Historias para reflexionar.

@policia_odac Policía Nacional de la Oficina de Denuncias y Atención al Ciudadano. España.

En una ocasión, un hombre vino a denunciar la desaparición de su esposa enferma de Alzheimer.

Tenía 70 años y estaba totalmente abatido.

De las clases de desapariciones que existen, la de esta mujer, se clasificaba como «desaparición involuntaria de adulto»: alguien que desparece por motivos ajenos a su persona debido a alguna enfermedad mental o desorientación, por ejemplo.

Eran las cuatro de la madrugada cuando vino a denunciar, y normalmente, su mujer solía regresar a casa a la hora de la cena.

Al hombre se le entrecortaba la voz constantemente, y cada cierto tiempo, se interrumpía para llorar.

Refirió que su mujer, como cada tarde, había salido a pasear después de ver las novelas que echaban por la tele.

– ¿Y por qué salió sola si padece Alzheimer? – le pregunté con mucha delicadeza.

Me respondió que antes, al principio de la enfermedad, sí que la acompañaba, pero que un día ella le dijo que no lo hiciera; incluso llegaba a enfadarse mucho si lo hacía.

A pesar de ello, él la seguía de lejos para ver por dónde iba y saber que no se perdía. Así estuvo haciéndolo durante mucho tiempo, y al ver que su mujer se valía por sí misma y que la localidad en la que vivían no era muy grande, decidió quedarse en casa.

– ¡Y cómo me arrepiento ahora de haberlo hecho! – me repetía una y otra vez el hombre.

– Hay que ser positivo – le decía para intentar consolarle -. Lo importante ahora es hacer una buena denuncia y recordar todo lo que pueda.

Y es verdad.

En este tipo de denuncias, cualquier detalle, por pequeño que sea, puede ser clave para saber dónde está el desaparecido, qué ha hecho en las últimas horas o facilitar que se le reconozca posteriormente por terceras personas.

Normalmente, a cualquiera le cuesta mucho recordar, por ejemplo, qué ropa llevaba por la mañana el familiar con el que viven, si cuando este se fue de casa cogió dinero o qué es lo último que dijo.

Pero este hombre lo recordaba todo.

Me dijo que su mujer salió sin dinero ni teléfono móvil, que lo último que dijo antes de cerrar la puerta fue, como siempre, que se iba a pasear.

También me contó que había estado preguntando por la zona y nadie la había visto.

– ¿Tienen familiares cercanos a los que su mujer haya podido ir a ver?

– No, nadie – me respondió -. Yo vine joven de muy lejos, y ella es de aquí pero ya no le quedan familiares. Además, no tenemos hijos.

– ¿Es la primera vez que desaparece?

– Sí.

– ¿Sabe si alguna vez, en alguno de sus paseos, ha viajado a alguna localidad cercana?

– No, porque ella no sabe coger ni el tren ni un taxi debido a su enfermedad. Y andando no creo que haya ido.

El hombre se interrumpió de nuevo para llorar. Yo mientras escribía todo lo que me iba contando.

Al cabo de unos segundos, me preguntó.

– ¿Usted cree que aparecerá?

Paré de teclear.

A pesar de decirle que sí (¿Qué podía decirle?), yo sabía que era muy difícil que así fuera.

Me acordé entonces de todos los caminos, campos y barrancos que rodeaban a la localidad…

Antes de marcharse, me dejó una fotografía de su esposa. En ella, aparecía una mujer también de unos 70 años y bastante delgada. Su boca sonreía, pero sus ojos no acompañaban este gesto.

Comuniqué la desaparición a mis superiores y se difundió la fotografía. Esa noche al terminar el servicio, y durante todo el día siguiente, no dejaba de pensar en la mujer y en el hombre, en si había aparecido, y lo más importante, si estaba viva.

Cuando volví a entrar de servicio a la noche siguiente, me encontré al hombre en la sala de espera.

Sonreía.
Nos quedamos mirando.

«¡Bien, joder! ¡Bien!», pensé.

– ¡Ha aparecido! – me dijo mientras me cogía una mano con las dos suyas – . Mi mujer ha aparecido…

Lloraba.
Lloraba y sonreía a la vez.

Yo también.

– Gracias – me dijo -. Gracias por todo.

Resulta que la habían encontrado en la localidad de al lado, a unos dos kilómetros de distancia. Había estado caminando sola durante toda la noche por carreteras comarcales y caminos rurales.

No fue hasta bien entrada la mañana cuando un senderista la vio al lado del río, sentada en un banco de piedra. Según este, la mujer le llamó mucho la atención porque la vio sentada mucho tiempo en el banco sin moverse, solo miraba el agua mientras sonreía levemente.

– Al final, todo ha salido bien – le dije al hombre.

– Pues agente, yo no las tenía todas conmigo. Mi cabeza me decía que nunca más la iba a ver, pero mi corazón decía que sí.

Justo antes de marcharse, en el momento que ya abría la puerta, le pregunté si sabía por qué su mujer había ido a ese preciso lugar, y concretamente a ese banco.

El hombre se paró, se giró y me dijo:
– Ahí es donde nos conocimos y donde luego quedábamos los primeros días cuando éramos novios.

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