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Cannes, las nórdicas, el ciudadano Kane… y hasta la Palma

13 de junio de 2019

El festival de los festivales ha sido, es, y – no imagino otra alternativa- seguirá siendo el de Cannes. El cine más trascendente, las personalidades más encumbradas, los acuerdos más significativos, los eventos más luminosos: todo está, todos acuden, todo pasa allí. Las leyendas doradas se abrazan con el presente destinado a engrosarlas.

Carlos Morelli Cine +.

Los muchos miles de acreditados e invitados sueñan con un día de cien horas para no perderse nada. En cada edición – y van 71- la celebración rejuvenece. Y, encima, Cannes suma su propia condición cinematográfica: su belleza y sus playas, su elegancia y sus tiendas, su sabor y sus restaurantes, su “savoir faire” y sus gentes.

Mi visita inicial al por entonces Festival International du Film – hoy, sencillamente rebautizado Festival de Cannes – ocurrió en 1977. Y una enorme porción de mis mayores experiencias y concreciones profesionales están vinculadas con numerosísimas ediciones posteriores intensamente vividas. En esta oportunidad quiero compartir con ustedes la memoria de algunas de mis historias mínimas en esa manifestación tan “de película” como ninguna otra.

LAS HIJAS DEL MERCADER DE CABALLOS
Aquella primera vez llegué a Cannes el mismo día de la inauguración del festival, pero cuando ya no había tiempo para retirar la acreditación, ver las primeras películas, y demás. Luego de una corta expedición que me confirmó que para mí todo empezaría al día siguiente, volví a mi albergue y decidí sumar fuerzas para esa jornada, que ya pintaba agotadora.

Mi hotel estaba al borde de la autopista (o “autoroute”) que atraviesa la Costa Azul. Extrañamente se llamaba Acapulco (luego fue rebautizado King David, y ahora, más razonablemente, se denomina Cannes Riviera). Y en la terraza tenía un pequeño “solarium” y una piscina aún más escasa. Me instalé en una reposera con una tranquilidad pulverizada a los cinco minutos por tres chicas inconfundiblemente nórdicas, homogéneamente robustas, e implacablemente en “topless”. De entrada, se sumergieron en el agua dejando espacio apenas para una “pata de rana” (una sola) o su equivalente, salpicaron divertidamente a los pocos testigos de su invasión, y manipularon con salvaje inocencia las tensiones masculinas de ese entorno. En mi caso (mientras, no sé por qué, me venía a la cabeza el título de aquel perturbador clásico sueco de mi adolescencia, “Las Hijas del Mercader de Caballos”), atiné a tomar un ¿salvador? ejemplar de “Le Figaro” que estaba sobre el camastro vecino, y fingí consultarlo. Horrible final: una de las supuestas hijas del evocado mercader de caballos salió –completa- de la piscina, me tocó un hombro, y me dijo (en inglés de Estocolmo, Copenhague, Oslo, o Helsinki): “Señor, está leyendo el diario al revés”.

ORSON WELLES: SER Y NO SER
Ya en los 80, estaba caminando por el Boulevard de La Croisette (arteria dominante del festival y maravilloso balcón de Cannes al Mediterráneo) junto con mi gran fotógrafo de ese año, Roberto Pera. Al pasar frente al emblemático Hotel Carlton, descubrimos, sentado en el bar al aire libre (en francés, “la terrace”), a un señor enormemente parecido a… ¿Podría ser? ¿Era él? Si nadie había dicho que vendría… Nos acercamos a la mesa. Me jugué entero: “Señor Welles, ¡qué placer encontrarlo aquí!”. Orson se paró, nos saludó con extrema gentileza, acarició sus barbas, y nos dijo: “Soy yo pero no soy yo. Les explico: esta vez vine solo para promocionar un nuevo cognac y hasta para venderlo personalmente. Sigo teniendo tantas deudas como ganas de seguir filmando. ¿Quieren probarlo”?

Nos sentamos con el Ciudadano Kane. Charlamos durante casi una hora. Tomamos fotos para la posteridad, entre ellas la que acompaña esta evocación. Más suculentos apuntes para un reportaje que orgullosamente ocuparía la tapa y las dos páginas siguientes de un suplemento de espectáculos de Clarín. Y, claro, por mucho tiempo Roberto y yo seguimos preguntándonos qué habíamos hecho para merecer eso…

CAZADORES CON PREMIO
Y ya salto a este siglo. En el año 2003, apenas iniciada la edición, Christine Aimé, la segunda – y actual – jefa de prensa que me tocara en Cannes (a continuación de la legendaria Louisette Fargette), me anunció que, junto con otros colegas de distintas procedencias, iba a recibir un medallón especialmente creado por el festival para honrar a periodistas extranjeros que hubiesen mostrado fidelidad e interés especiales por su desarrollo. Esta vez seríamos Kenneth Turan, de Los Angeles Times; los dos representantes de las televisiones de El Cairo y Moscú, y yo.

Con mucha emoción nos juntamos en la antesala del despacho presidencial que ocupaba Gilles Jacob en el Palais du Festival. Christine nos hizo ingresar. Saludamos al por tantos, gloriosos años, cerebro mayor de la celebración. Primero, unas copas de Piper Heidsieck, el champagne “sponsor” histórico de la misma. Y, enseguida, las entregas de los enormes medallones, fabricados por la ilustre “Monnaie de Paris”. En el frente, la leyenda “Festival de Cannes” y la venerada Palma. En el dorso, dos chicos tratando de cazar, con sus redes, las estrellas de un cielo dorado. “Porque ustedes también son cazadores, pero de sueños”, fundamentó con su proverbial sonrisa Monsieur Jacob.

Modestamente, yo también tengo la Palma de Cannes. Y la miro y gozo cada mañana, cuando descorro las cortinas, la luz se dispara sobre mi biblioteca, y desayuno un café, un jugo y algunas nostalgias.

Afectuosamente.

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