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Clásicos en pareja: programas para armar. Quinta parte [columna]

20 de junio de 2020

“Vértigo” y “Psicosis”.

Carlos Morelli Cine +.

Sir Alfred, el terror a las alturas, y el horror bajo la ducha

La primera película figura merecidamente en los más severos listados de obras maestras del cine de todos los tiempos. La segunda quizá sea la pieza más popular y recaudadora de su autor. La dos llevan una misma, ilustre, híper-convocante marca: Sir Alfred Hitchcock. Nacido en Londres, en 1899, y fallecido en Los Ángeles, en 1980. Con una primera parte de su filmografía “Made in England” (películas mudas y sonoras que le llevaron a ser rotulado como el mejor director de esa tierra), y casi todo el resto “Made in USA”, desde su cruce a América en 1939. Para el mundo, y sus alrededores, “el Mago del Suspenso”.

De lo sobrenatural al crimen perfecto

“Vértigo” (traducción literal del original “Vertigo”, sin acento) data de 1958 y se estrenó en el mercado argentino el 5 de marzo de 1959. Se basa en la novela “De Entre los Muertos” (D´Entre les Morts), del binomio francés Pierre Boileau y Thomas Narcejac (el mismo de “Las Diabólicas”), llevada al guión por Alex Copel y Samuel A. Taylor. Los intérpretes principales fueron James Stewart y una Kim Novak escindida en dos personajes. Barbara Bel Geddes y Tom Helmore estuvieron a cargo de los roles secundarios de mayor gravitación. La iluminación fue de Robert Burks, y la música, del compositor fetiche del director, el inmenso Bernard Herrmann. Obtuvo dos nominaciones para el Oscar y ganó los premios de las asociaciones de críticos de los Estados Unidos y de Nueva York. También el Festival de San Sebastián entregó galardones de su competencia oficial a Hitchcock y Stewart.

Dividida en dos tiempos (casi en dos películas), “Vértigo” navega desde lo sobrenatural hasta el crimen perfecto narrando la odisea de John “Scottie” Ferguson. Es un detective de San Francisco que dejara la actividad luego de que su terror a las alturas le costara la vida a un agente policial, y que ahora la retoma por pedido de un viejo compañero de estudios, quien le pide desentrañar el enigma de su esposa, acaso poseída por un antepasado de trágico final.

Una pieza absolutamente cautivante: por su asunto (con una asombrosa vuelta de tuerca), pero también por sus actuaciones, su ambientación, sus imágenes, y su preciosa banda sonora. Una obra de antología que merece más de un visionado. En lo personal, es una de las películas que más veces he vuelto a transitar, siempre descubriendo otra pincelada mágica.

Del robo de dólares al baño de sangre

“Psicosis” (fiel traducción de “Psycho”) se hizo en 1960 y llegó a nosotros el 14 de marzo de 1961. Joseph Stefano escribió el libro cinematográfico a partir de una novela de Robert Bloch. El elenco estaba encabezado por Janet Leigh, Anthony Perkins, Vera Miles y John Gavin. La fotografía en blanco y negro fue suscripta por John L. Russell y, otra vez aquí, el incisivo pentagrama se debió a Bernard Herrmann. Tampoco en este caso las nominaciones al Oscar (cuatro) prosperaron, pero Janet Leigh obtuvo el Golden Globe como Mejor Actriz de Reparto, categoría discutible a no ser por la relativa brevedad del personaje, que encontraba su fin en la memorable y tantas veces revisionada escena del asesinato bajo la ducha. El formidable éxito mundial del film determinaría una “remake”, dirigida en 1998 por el llamativo Gus Van Sant, curiosamente despersonalizado en un ejercicio que copiaba plano por plano al original, con la sola diferencia estética del uso del color. Aquí los sucesores de aquel cuarteto interpretativo central fueron Anne Heche, Vince Vaughn, Julian Moore y Viggo Mortensen.

La trama de “Psicosis” (ambas) despunta con el robo de cuatrocientos mil dólares cometido por una secretaria a la que su jefe le hubiera confiado esa suma, perteneciente a un cliente de su empresa, sita en Phoenix. Enseguida, Marion Crane (Leigh y luego Heche) huye en su automóvil y, en medio de la noche y de una gran tormenta, hace una parada (fatal) en el desolado Motel Bates. Allí es atendida por Norman Bates (Perkins y, más tarde, Vaughn), el cordial pero extraño hijo de la invisible propietaria del establecimiento, recluida en un caserón vecino, y respecto de quien el muchacho exhibe un obsesivo sometimiento. Norman y su única pasajera compartirán una cena frugal. Luego, ella volverá a su cuarto. Decidirá tomar un baño reparador antes de acostarse. Y entonces…

Entonces, la cortina descorrida, el cuchillo insaciable, la sangre escapando por el desagote, y las puñaladas musicales horadando implacablemente nuestros nervios. En realidad, la culpa era nuestra, porque desde las puertas del porteño Cine-Teatro Ópera, cabecera del lanzamiento de “Psicosis” en la Argentina, la publicidad arrancaba con la silueta rellenita y la voz doblada de Sir Alfred, advirtiéndonos que, si nos atrevíamos a trasponerlas, la íbamos a pasar muy, pero muy mal.

¿Podía haber invitación más irresistible para que todos entráramos?

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