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Clásicos en pareja: programas para armar. Tercera parte (Carlos Morelli)

26 de octubre de 2019

Dos cumbres del supremo “niño terrible” Orson Welles: “El Ciudadano” Y “El Tercer Hombre”.

Carlos Morelli Cine +.

El nexo ilustrísimo entre los dos clásicos que hoy proponemos asociar es el gigantesco, genial, multifacético, desbordado, y nunca menos que eterno “enfant terrible” Orson Welles. El que empezó haciendo creer al mundo que había sido invadido por los marcianos, en aquella antológica travesura radial, y llegó a promocionar una nueva marca de cognac en esa edición del Festival de Cannes en la cual lo encontré sentado en la terraza del Hotel Carlton, lo entrevisté para Clarín, y me explicó que su búsqueda de capitales para seguir filmando lo que quisiera tenía muchos senderos. Entre ellos, el de la botella cuyo noble contenido nos hizo probar al fotógrafo y a mí.

“El Ciudadano” (Citizen Kane) es no sólo la obra fundamental de la filmografía del Welles director y guionista (que, además, espléndidamente, la protagonizó): también ha quedado – y nada ni nadie lo arrancan de ese podio- como uno los cien (y también de los diez) títulos esenciales de toda la historia del cine. “El Tercer Hombre” (The Third Man) es, a la par que una excepcional cumbre del género de suspenso (y una ejemplar confluencia en la solidez de todos los rubros del rodaje), una de las más contundentes y a la vez austeras demostraciones de los alcances del Welles actor.

Registrada en 1941 y estrenada en la Argentina el 8 de agosto de ese mismo año, “El Ciudadano” ganaría el Oscar al Mejor Guión Original, suscripto por Herman J. Mankiewicz y el mismo Welles. La historia se inspiraba sin ningún disimulo en la figura del magnate de la prensa William Randolph Hearst, quien, luego de intentar infructuosamente que la película no se hiciera, atacó estruendosamente a sus responsables por manchar su reputación. Después quiso comprar los negativos del film, y finalmente debió limitarse a boicotearlo ignorándolo en su cadena de medios. En la “ficción” Hearst se llamaba Charles Foster Kane y la trama despuntaba con su muerte y la afanosa investigación del origen de aquella enigmática palabra que había precedido a su último suspiro: “Rosebud”. El elenco que secundaba a un impresionante Welles/Kane ofreció potentes composiciones de Joseph Cotten, Everett Sloane, Paul Stewart, Agnes Moorehead y Dorothy Comingore. Una curiosidad: un Alan Ladd jovencísimo encarnaba (sin figurar en el “cast”) a un periodista que fuma en pipa. Memorables, y siempre aludidas, la revolucionaria iluminación en blanco y negro de Gregg Toland y la música del gran Bernard Herrmann.

Viena: los valses, los bosques y una película imperecedera

“El Tercer Hombre” data de 1949 y su lanzamiento en nuestro país ocurrió el 9 de septiembre de 1954. Fue dirigida por Carol Reed sobre el guión que Graham Greene escribiera a partir de su propia novela. El poderoso elenco estaba encabezado por Joseph Cotten, Orson Welles (otra vez reunidos), Valli (como por entonces se presentaba a la italiana Alida Valli) y Trevor Howard. También aquí la fotografía de Robert Krasker, en un blanco y negro de rara belleza; y la música, compuesta y ejecutada en cítara por Antón Karas, fueron prodigiosas. El Oscar premiaría a la iluminación y el Festival de Cannes honraría a Reed con el galardón a la Mejor Dirección. La apasionante trama se desarrollaba en esa sombría Viena de post-guerra a la que arribaba el norteamericano Holly Martins (Cotten), un mediocre escritor de novelas policiales, tentado por la oferta de empleo cursada por un viejo amigo, Harry Lime (Welles). Pero, a la llegada de aquél, éste había muerto en circunstancias misteriosas. Luego de asistir a su funeral, Holly empezaría a descubrir la mentira escondida en un operativo siniestro.

Si uno visita Viena – la de los bosques, los valses de Strauss, y la torta Sacher – puede descubrir varias cosas. Que “El Tercer Hombre” forma parte de su historia. Que un cine del área céntrica la exhibe una vez por día, desde siempre y para siempre. Que Orson Welles la protagonizó – además de magistralmente – sólo por dinero, y que Joseph Cotten llegaba al “set” siempre pasado de copas. Que el Café Mozart al que Karas le consagraba un pequeño vals (reverso del tema central en los discos de pasta), existe. Y que esa calle del Cementerio Central – al que visité para ver las tumbas agrupadas de Schubert, Beethoven, Bach, los Strauss y otros dioses del pentagrama – es la misma del final del film. Por ella, después del segundo funeral, Valli se va sola caminando y Joseph Cotten la espera vanamente bajándose del “jeep” conducido por Trevor Howard. Nunca olvidaré cuando, mirando a izquierda y derecha, descubrí, estremecido, que estaba parado en la precisa locación de una escena inolvidable.

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