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Detras de dos vidrios oscuros, ¡Mónica Vitti!

2 de agosto de 2020

Fotos con historia.

Carlos Morelli Cine +.

Venecia, agosto de 1982. En esa misma, robusta edición de la mayor celebración cinematográfica de Italia en la que, pocos días antes, había gozado el privilegio de entrevistar a Akira Kurosawa, ahora me toca encontrarme con una de las actrices esenciales de la pantalla nacional. Debajo de su melena esplendorosamente rubia, detrás de sus anteojos infranqueablemente oscuros, expresada a través de esa voz chillona, ronca y personalísima, está la impar Maria Luisa Ceciarelli. O sea, la única Monica Vitti.

Esta romana de arrolladores cincuenta años ha llegado a la “Mostra” para acompañar la presentación de “Io So que tu Sai che Io So” (Yo Sé que tú Sabes que Yo Sé), la nueva comedia dirigida e interpretada por Alberto Sordi, donde ella encarna a Livia, una esposa a la que una cámara involuntariamente indiscreta descubre en “off side” matrimonial. “Sí, una infiel, pero tan transparente, tan tierna y – a su manera – tan pura, que nadie puede enojarse con ella. Si el público no la perdona, no será su culpa… sino la mía, que no habré sabido explicarla”, descerroja Vitti, sin dar tiempo a la pregunta. Por supuesto que, después de ver la película, esa misma noche, Livia saldrá indultada, y Monica, victoriosa.

Pero en este momento, el ahora cede paso al ayer. Fundamentalmente, al temprano pico más elevado de su trayectoria: la seguidilla de cuatro piezas fundamentales del cine de Michelangelo Antonioni que ella protagonizara en los años 60. “La Aventura”, “La Noche”, “El Eclipse” y “El Desierto Rojo” hilvanaron ese asombroso, y tan coherente, y tan rico, itinerario de quien sería la musa y también – durante diez años – la compañera del gran director. Luego habla de “le vacanze” a tanta gravedad y a tanta introspección acumuladas en aquella tetralogía que halló encarnando a la divertida y alocada heroína de “Modesty Blaise” para Joseph Losey. Y recuerda su “primo premio grosso”: el conquistado en San Sebastián, por “La Ragazza con la Pistola”, de Mario Monicelli. Aún sin actuar, durante toda la charla, la actriz compone el personaje que, de verdad, es. Bella y seductora sin artificio. Verborrágica y gesticulante con toda la gracia. Transitando una y otra vez desde la calma engañosa hasta la explosión inocente.

Recordada hoy, casi cuarenta años después, Monica Vitti ha merecido plenamente ser una de las figuras italianas más veces ganadoras – junto con Gassman, la Loren, Manfredi, Sordi y Mariangela Melato – del David de Donatello, la versión peninsular del Oscar. También, del Premio a la Trayectoria que aquel Festival de Venecia que me permitió conocerla le entregaría en 1995. Lo que no ha merecido – tampoco nosotros – es su tan prematura desaparición de la pantalla cuando la enfermedad la llamó al retiro. Pero nunca al olvido.
Afectuosamente.

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