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Día de la madre: regalale tiempo, en este día y cada día [Giselle Muñoz]

17 de octubre de 2020

La maternidad y el reconocimiento del cuerpo como un territorio político a defender.

Giselle Muñoz Licenciada en Sociología (UBA), Posgrado en Políticas Públicas y Justicia de Género (CLACSO).

Si bien pareciera ser que la maternidad está dejando de ser un destino para convertirse en una decisión, los cuerpos de las mujeres en tanto guardianes de la generación de la vida continúan siendo eternos territorios de disputa. Disputa que, en lo legal, la siguen ganando quienes en nombre de un supuesto Dios buscan imponer su voluntad a costa de ejercer violencia y sometimiento sobre cuerpos que deben disciplinarse y sacrificarse para permitir la reproducción. Sin importar la destrucción física, psíquica y emocional de las subjetividades que habitan dichos cuerpos.

Pero en muchas situaciones, quienes deciden llevar adelante un embarazo deseado también son atravesadas por esas violencias. Porque sea decidida o no, la maternidad siempre deja huellas sobre los cuerpos y muchas de ellas, evitables.

Durante el embarazo se produce una veloz transformación corporal, sin precedentes y en un período acotado de tiempo. De pronto, ese cuerpo embarazado es resignificado y valorado socialmente, bello y legitimado. En su condición temporaria es un cuerpo preciado y su presencia demanda respeto y cuidados especiales por parte de la sociedad. Sin embargo, ese cuerpo valorado y respetado dejará de serlo pasados los meses de gestación.

Poner el cuerpo
Se acerca el momento de parir y aparece el miedo, miedo a saber si seremos capaces de afrontarlo, miedo al dolor que invadirá nuestro cuerpo y miedo al trato que recibiremos en el momento del parto, sabiendo que en general el sistema médico hegemónico mantiene una relación distante e impersonal con las personas gestantes. Las necesidades y emociones no se tendrán en cuenta y solamente se privilegiará la atención de las cuestiones técnicas del parto.

Esta visión sesgada a la que debemos exponernos, descuida que nuestras emociones pueden interferir en el éxito del parto mismo y en la plenitud con la que todas desearíamos poder transitarlo. En ese momento de vulnerabilidad, ese cuerpo tan valorado dejará de ser protagonista para entregarse en su totalidad a un sistema médico que suele no dar explicaciones de las decisiones que toma, ni consulta sobre las intervenciones que realiza. Porque la violencia obstétrica aún existe, pese a los avances legislativos (como la Ley de Parto Humanizado) y la formación en perspectiva de género de bastantes profesionales de la salud.

Las madres aprendemos a convivir con las huellas que quedan en nuestros cuerpos tras el parto, huellas que trascienden lo estético y las asumimos como normales, cuando en realidad no lo son. Incontinencia urinaria “se me escapa un chorrito al toser, reír o saltar”, dolor en la zona de la episiotomía al mantener relaciones sexuales, prolapsos genitales, entre otras secuelas.

¿Acaso no deberían informarnos acerca de la importancia de la musculatura del suelo pélvico?

Personalmente no conocí la existencia del suelo pélvico hasta hace unos pocos meses, cuando empecé a ejercitarlo en una clase de yoga. Transité dos embarazos y ningún profesional me nombró su existencia ni las patologías que se pueden derivar a causa del peso que soporta la musculatura durante la gestación. Entonces, cómo no considerar normal las secuelas que quedan después del parto si no tenemos información acerca de lo que se puede dañar y cómo evitarlo. Nos acostumbramos a tener nuestro cuerpo lesionado. Ese cuerpo tan valorado socialmente para la reproducción de la vida, pero tan menospreciado después de cumplida su función.

Por eso, en este día de la madre, destaquemos la importancia del cuerpo de las mujeres como un territorio político a defender. Cuerpos con derechos y con deseos, cuerpos que deben dejar ser la última de las prioridades. Cuerpos que merecen ser cuidados. Pongamos la salud en el centro de los festejos. No sólo como cuerpos de carne y hueso sino también con sus miedos, sus angustias y su felicidad ante la llegada de lxs hijxs.

Acompañala y regalale tiempo. Tiempo para afrontar el agotamiento luego del embarazo y el parto, tiempo para abordar la lactancia, tiempo para que la llegada del bebé no implique aislamiento, soledad ni pérdida de identidad. Tiempo para sanar. Tiempo para que durante la crianza no olvide quién es. Tiempo, en este día y cada día.

Será ley.

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