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El día que lo cambió todo. Vivencias XX

5 de agosto de 2020

Historias para reflexionar.

@policia_odac Policía Nacional de la Oficina de Denuncias y Atención al Ciudadano. España.

Ana coge unos cuantos cochecitos de juguete y se los mete en el bolso.

– ¡Vamos, date prisa! – le dice a su marido.

Vuelve a mirar la foto de su hijo Marcos, le da un beso y sale de su habitación.

Mientras está en el recibidor, observa cómo Julio, su marido, se acerca cojeando por el pasillo. Desde el día que cambió todo, su marido dejó de ser el mismo; dejó de ser ese chico joven y alegre al que conoció hace pocos años atrás.

– ¡Vamos, hombre! ¡Que Marcos nos está esperando! – le insiste.

– Si no hay prisa mujer – le responde Julio con un susurro.

Ana vuelve a mirar dentro de su bolso. “Sí, estos le gustarán mucho”, piensa.

Mientras Julio se acerca, Ana aprovecha para mirar varias fotografías de su hijo que tiene colocadas encima del mueble. En casi todas tiene la misma edad.

“Qué guapo estaba”.

Recuerda el día que nació: las muchas horas de parto, los dolores, el miedo a que todo saliera bien, la cara de preocupación de Julio al principio y de felicidad después, cuando escuchó a Marcos llorar por primera vez…

Vuelve a mirar dentro de su bolso…

Mientras, Julio cierra la puerta de casa.

– ¡Vamos Julio, que vas muy lento hombre!
– Ya va, ya va – le replica él.

Ana se fija entonces en los botones del ascensor.

Le viene a la memoria cómo Marcos salía corriendo a tocar el de la campana para escuchar el silbido y lo mucho que le reñía ella para que no lo hiciera…

Se pone triste.

Vuelve a mirar dentro de su bolso…

– Toma Ana, ya sabes que yo no puedo conducir – le dice Julio a Ana mientras le da las llaves del coche – Pero no pases por el cruce.

Ana se queda mirando a Julio durante unos segundos

Vuelve a abrir el bolso…

Mientras bajan al garaje, le vienen a la cabeza todas esas mañanas en las que despertaba a Marcos para llevarlo a la guardería, la vitalidad que tenía recién levantado, su camiseta preferida, una blanca y azul con un dinosaurio naranja…

Recuerda también las mañanas que lo llevaba a la guardería y los sitios en los que siempre se paraba: un grafiti con forma de pájaro, un mural de colores… O cómo se giraba para señalar el edificio donde vivían cuando ya llevaban un rato andando: “Mira mamá, la casa”…

Abre el bolso…

“Sí. El coche rojo con las ruedas grandes le gustará mucho. Es con el que más jugaba y siempre estaba viendo la serie de dibujos en la tele”, se dice para sus adentros…

Encuentra aparcamiento fácilmente. Entre semana, al sitio donde ella y su marido han ido, donde suelen ir desde hace ya un tiempo desde el día que lo cambio todo, no va mucha gente.

Ana baja del coche, cierra la puerta y vuelve a abrir el bolso…

– ¡Venga Julio, date prisa! – le insiste más nerviosa.

Julio no dice nada. Solo calla con gesto triste.

Hace frío.

Ana recuerda entonces cuando Marcos reía, cuando lloraba, sus cumpleaños, cuando veía dibujos en la tele, cuando jugaba con la pelota en el pasillo, cuando lo bañaba, cuando le cambiaba los pañales, cuando visitaban al médico…

Inconscientemente, su mano se introduce en el bolso para comprobar, de nuevo, que los coches siguen allí.

Por fin llegan a donde está Marcos.

Ana abre de nuevo el bolso. Uno a uno, va dejando los cochecitos de juguete. El rojo con las ruedas grandes en medio de todos ellos. Los deposita con cariño, fijándose en que estén bien colocados.

Y entonces comienza a llorar. A llorar desconsoladamente. A llorar como siempre desde el día en que lo cambió todo.
Julio la abraza. También llora.
No pueden hablar, solo lamentarse, y después de unos cuantos minutos así, se alejan de la tumba de su hijo.

El día que lo cambio todo, Julio acababa de recoger a Marcos del colegio. Mientras los dos esperaban en el semáforo, un coche a gran velocidad se salió de la calzada y los arrolló. El conductor iba borracho y había consumido cocaína.

Julio quedó cojo de por vida.

Marcos, murió en el acto. Tenía cuatros años.

(foto: rawpixel)

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