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El toxiamor y el peligro de su normalización [Giselle Muñoz]

19 de septiembre de 2020

Todas las personas nos hemos vinculado tóxicamente en algún momento de nuestras vidas.

Giselle Muñoz Licenciada en Sociología (UBA), Posgrado en Políticas Públicas y Justicia de Género (CLACSO).

En los últimos tiempos mucho se empezó a hablar en redes sociales y en los ambientes de jóvenes acerca de la figura de “El toxiamor”. Si bien los vínculos tóxicos no son una novedad, la manera en la que se está abordando este tema hoy en día aparece de una forma preocupante que invita a la reflexión.

La generalización de los términos “novio tóxico” o “novia tóxica” se utiliza principalmente para referirse a esas personas con las que nos vinculamos sentimentalmente pero que, en su comportamiento, manifiestan conductas de celos, control, manipulación, presión y posesión. Las redes sociales se hicieron eco de estos vínculos y comenzaron a reflejarlos como conductas comunes dignas de ser viralizadas y si es a través de un meme mejor, generando con ello reacciones inmediatas asociadas a la burla y lo gracioso. Pero estas reacciones no sólo son replicadas por quienes no experimentan este tipo de vínculos sino también por quienes los transitan, volviendo banal, común y poco importante el llamado toxiamor.

Desde distintas disciplinas, como la Sociología y la Psicología Social, se viene analizando este tipo de relaciones para entender que no hay personas tóxicas, sino que la toxicidad se refiere a actitudes y conductas dañinas mediante las cuales nos vinculamos con las personas de una manera destructiva, en la que una o ambas partes sufren por el hecho de estar juntxs.

Al nombrar la problemática de esta forma, damos la posibilidad de entender que las relaciones tóxicas no son simplemente una forma de relacionarnos entre parejas sino también en otros ámbitos sociales como las amistades, familia, compañerxs de trabajo, de militancia. Por lo tanto, todas las personas en mayor o menor medida nos hemos vinculado tóxicamente en algún momento de nuestras vidas, provocado por falta de seguridad, miedos, incertidumbres, celos, envidias, angustias.

Las relaciones tóxicas desgastan, agotan y tensionan generando que una de las partes nunca crea ser lo suficiente para la relación. Porque hay un vínculo en donde una parte domina, somete y pretende tener control de todo, quedando la otra persona anulada y envuelta en malos tratos. Si lo pensamos como madres y padres, la sobreprotección, la excesiva exigencia, el proyectar nuestros deseos en nuestrxs hijxs, planificar sus carreras o lo que debieran ser también es signo de este tipo de relaciones.

Vivimos en una cultura que no promueve las relaciones amorosas sanas ni favorece relaciones de pareja saludables. Las mujeres, principalmente, aprendemos que los celos y el control son expresiones de amor, de deseo y que incluso, vale la pena sufrir por amor. Pero estos no son más que aprendizajes sociales dañinos que tenemos que cuestionar y desaprender, y más aún, ayudar a la adolescencia a identificar cómo se puede manifestar la violencia en esos primeros noviazgos. Asumir que el control, los celos y el acoso son expresiones de violencia psicológica y que nada tienen que ver ni con el amor ni con el romance, ni con el desarrollo de relaciones afectivas. Son relaciones tóxicas, despojadas de respeto y de confianza y con su ausencia no hay posibilidad de llevar adelante relaciones saludables.

El feminismo nos propone otras formas de relacionarnos, basadas en saberes, prácticas y valores despojados de jerarquías y estereotipos. Una forma respetuosa de relacionarnos, sin aplastar a la persona con la que elegimos vincularnos. Amar desde la libertad, no desde la pertenencia y entender que, en las relaciones afectivas que construimos, debe mantenerse siempre la idea de que somos personas diferentes y que elegimos acompañarnos para compartir la vida.

Las feministas constantemente estamos siendo interpeladas en nuestras prácticas, nos ponemos en jaque y nos cuestionamos nuestras propias conductas diarias para poder conciliar la teoría y la práctica. Y más aún asumiendo la responsabilidad de mostrarle a las nuevas generaciones que otras formar de relacionarnos son posibles.

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