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“La Guerra y la Paz”, vista desde el cielo [columna]

17 de mayo de 2020

Cuando la URSS invadió a los EE.UU. (…y luego ganó el Oscar)

Carlos Morelli Cine +.

¡Mi primer viaje profesional al exterior! Lo hizo posible, en abril de 1968, el inolvidable Isaac Vainikoff. Empresario del cine Cataluña, luego convertido en el indispensable Cosmos 70; titular del ejemplar sello distribuidor Artkino; heroico introductor del cine del este en la Argentina; quizá la figura más entrañable del negocio cinematográfico nacional; encima, padre de mi inseparable Luis Vainikoff.

Isaac (rebautizado para el ambiente Argentino Lamas) iba a estrenar en Buenos Aires, en agosto de ese mismo año, la primera parte de la gigantesca (en todos los sentidos) versión soviética de “La Guerra y la Paz”, la monumental (desde cualquier punto de vista) novela de León Tólstoi. Y resolvió invitar a críticos designados por un pequeño grupo de grandes medios gráficos nacionales (seríamos Bartolomé de Vedia, por La Nación; Isidro Gabriel, por La Razón, y yo, por Clarín) al estreno del film completo nada menos que en los Estados Unidos, precisamente en Nueva York, y, exagerando el detalle, en la mismísima Times Square.

Una insólita, también por consentida, “invasión” de la URSS a los EEUU. Y con un resultado mediato nada despreciable: adivinen (o consulten) qué film ganó el Oscar (y antes el Golden Globe) a la Mejor Película Extranjera en 1969…

Una década después de la “glamorosa” versión ítalo-norteamericana, producida por Carlo Ponti y Dino de Laurentiis, dirigida por King Vidor, e interpretada por Henry Fonda, Audrey Hepburn y Mel Ferrer, la descomunal respuesta soviética sería producida por los Estudios Mosfilm, coescrita y dirigida por el ya ilustre (y mucho más, en adelante) Serguei Bondarchuk, e interpretada por él mismo, Ludmila Savelyeva y Vyacheslav Tikhonov. Ellos eran los nuevos Pierre Bezukhov (antes, Fonda), Natasha Rostova (Hepburn) y Andrei Bolkonsky (Gassman), caras de la aristocracia rusa enfrentada a la inminencia de la invasión napoleónica, en 1812.

El presupuesto de Ponti-De Laurentiis había sido de seis millones de dólares, y el de Mosfilm lo superó en un cincuenta por ciento. Que en realidad parece poco, apenas viendo las escenas de la batalla de Austerlitz, con sus miles y miles de combatientes de carne y hueso (no existían por entonces las creaciones y multiplicaciones digitales), y, después, la antológica secuencia del baile palaciego, con sus ¿centenares? de parejas, deslumbrantes, en una coreografía perfecta. Carísima la guerra, algo menos la paz… También en duración los soviéticos ganaban “por goleada”: 423 minutos contra 148.

Un Paramount para dormir y un Paramount para escalar
Los argentinos llegamos a destino al mediodía de la víspera de los acontecimientos. Por suerte, todo quedaba cerca. La sala del evento sería el histórico y enorme cine Paramount, enfrente de Times Square: todavía hoy sus portones de acero y su marquesina con la caligrafía inconfundible del sello “de las montañas” se mantienen intactos en el frente del predio, ocupado ahora por la sede neoyorquina del Hard Rock Cafe. Nuestro hotel era… el Paramount, que sigue vivito y coleando (desde 1928), y altamente “cinematográfico”, en la calle 46 entre la Octava Avenida y la plaza que nunca se apaga. A unas pocas cuadras quedaba la oficina de la Walter Reade Organization, en la que debíamos presentarnos para recibir las entradas.

Al llegar, sobre la hora del cierre, nos atendió un ejecutivo apurado pero cortés, muy gesticulador, y con anteojos y cigarro que (pensando siempre con la enciclopedia del séptimo arte) lo emparentaban graciosamente con “Groucho Marx”. Buscó sobres que tardaron en aparecer, nos entregó los tickets para el cine, y también las invitaciones para la posterior cena de gala en el Hotel Hilton, de la Sexta Avenida. Nos despidió y, ya en la calle, Isaac nos dio dos ¨primicias”. La primera: las ubicaciones para el Paramount (el cine, no el hotel) eran en el piso más alto. La segunda: la cena era, para los caballeros, con riguroso código de “Black Tie”, o sea, “de etiqueta”.

En el Paramount (el hotel, no el cine), nos salvaron con sus datos. A menos de trescientos metros había una sastrería especializada en este tipo de asuntos (o emergencias) que nos podría resolver el problema en poquísimas horas. Pudimos cenar tranquilos (en el tan próximo como característico Howard Johnson´s), dar una excepcional “vuelta del perro” por Times Square y la mítica Calle 42, e ir a dormir (bah, a acostarnos) pronto, porque a las 08.00 ¡a,m! empezaría la primera parte de “War and Peace” (por lo menos, el título era en inglés).

Napoleón, como en la patallita del celular
Cuando llegamos, nos mandaron al Cielo. En un teatro musical, quizá la correspondencia sería el Paraíso. Aquí, de hecho, la correspondencia debía ser el Infierno. Era algo así como una fila número 50 de una pullman altísima. Allí, muy, pero muy abajo, estaban Natasha, Napoleón, los combates y las danzas. Con el correr de los minutos (tantos, tantísimos…) nos acostumbramos. Y hasta pudimos gozar lo que hoy sería como ver imágenes (maravillosas) en la pantallita de un celular. Pero, siete horas y tres minutos…

Después de proyectarse poco más de la mitad del film, llegó el intervalo. Hicimos alpinismo, esta vez hacia abajo. Y nos dirigimos raudamente a la fábrica de “Tuxedos” al instante. Llegamos, como quien arriba a la guardia de un hospital. En veinte minutos, ya nos habían atendido (un vendedor distinto para cada uno de nosotros cuatro), mostrado el catálogo, tomadas las medidas, y saludado hasta la hora en que los franceses se dieran por vencidos, terminara la película, y volviéramos a la guardia. Entonces no nos probaríamos nada, porque el vendedor (uno solo) que nos entregó todo nos dijo en modo inapelable que jamás se habían equivocado “siquiera en un centímetro” … y también porque faltaba una escasa hora y media para la fiesta inolvidable.

Caminando de regreso al Paramount (sí, al hotel) recordé esa deliciosa escena de “Violetas Imperiales” en la que Don Juan de Ayala les lleva unas telas a unas costureras y les pide que, en pocos minutos, diseñen y confeccionen el traje que su prima, Eugenia de Montijo, debe lucir en un baile ofrecido por Napoleón III. Como Don Juan era Luis Mariano, y la canción se titulaba “Milagro de París”, todo se cumplía, la fábula tenía un final felicísimo, y una elegantísima Eugenia se convertía en Emperatriz de Francia…

Cena rusa, “vendetta” italiana…
Impecables, en nuestro modernísimo esmoquin de solapa angosta y curva, con camisa y moñito en perfecta comunión, hicimos el corto tramo al Hilton en un “yellow cab”, uno de esos inmemoriales taxis amarillos que también condujo alguna vez un Robert De Niro juvenil y furioso. Al llegar, nos esperaban los dos anfitriones principales: Serguei Bondarchuk (amigo de Isaac, con quien se abrazó muy efusivamente) y su segunda esposa, la actriz Irina Skobtseva (también con un papel importante en el “cast” de la película). Detrás de ellos, una impresionante orquesta (los aproximadamente treinta ejecutantes vestidos como cosacos, sonaban como cien… o mil) desgranando los bellísimos temas de la banda sonora.

A la entrada del imponente comedor, señoritas ataviadas con ropajes de época cargaban bandejas con vasitos de vodka a la debida temperatura glaciar. Adentro, rodeadas por una decoración imponente, grandes mesas circulares mostraban, junto a la suntuosa vajilla, una carta que anticipaba la “Russian Dinner”, arrancando, desde luego, con blinis con caviar, seguidos por el ritual borscht, y el resto. Todo – pese a la pluralidad diversidad, y jerarquía de los complementos etílicos listados – bajo el reinado (o el imperio) del vodka.

Compartimos la mesa (muy bien ubicada, en contraposición con las butacas desde donde debimos “avistar” los universos de Tólstoi) con representantes de la distribución y del periodismo, en su mayoría, latinoamericanos. Muchos habían tenido, también, que escalar en el Paramount (claro, en el cine). Y uno de ellos, al descubrir que la mesa del gerenciador de aquellas localidades – ¿se acuerdan?: el símil “Groucho” Marx – quedaba a muy pocos metros de la nuestra, que estaba “excesivamente” abastecida de vodka Moskovskaya, y que, cada vez que sonaba una nueva pieza, todos sus comensales salían indefectiblemente a bailar, propuso una “vendetta” específica.

Resultado de su ejecución: al cabo de cada vals, o mazurca, o tributo a Tchaicovsky, en la mesa de “Groucho” había una botella de menos. Y en la de los latinoamericanos, una de más.

Afectuosamente.

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