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“La rosa púrpura del Cairo”, pero con Sandrini…

30 de mayo de 2019

Así como en una de sus obras híper-maestras (y, definitivamente, una de las más queribles) el genio de Woody Allen determinaba que Mia Farrow se sentara en la butaca de un cine a la espera de que el héroe de la película que iba a ver saliera de la pantalla y se fuera con ella, yo, modestamente, viví, muchos años antes, en plena adolescencia, mi propia “Rosa Púrpura del Cairo”. En Buenos Aires, sin tener que pagar entrada, ni ir al cine, ni siquiera salir del edificio donde vivía con mis padres y mi hermana.

Carlos Morelli Cine +.

Década del cincuenta. Barrio de Belgrano. En lugar de caserón de tejas, edificio de seis plantas en la Avenida Juramento. Nosotros habitábamos el departamento del contrafrente del primer piso. En el sexto vivían, en el departamento del frente, Eduardo Sandrini, hermano de Luis, y preferentemente villano “soft” del cine de la época (aunque alguna vez encarnó a un héroe, creo que de la Gendarmería), y en el del contrafrente, Doña Rosa Sandrini, madre de los muchachos. Para más señas, elegantísima, gran repostera, bastante sorda, y dueña del primer aparato de televisión instalado en el complejo.

AL CIELO, POR ASCENSOR…
“Sandrinómano” de la primera hora, sin lagunas en el conocimiento de la filmografía del astro, devorada en las programaciones triples de las amadas salas del barrio, seguidor insobornable de las andanzas bisemanales de su Felipe por Radio el Mundo, espectador extasiado de sus propuestas teatrales, conseguí que mi madre – encantadora y muy sociable – se acercara a Doña Rosa y le contara sobre mi pasión por Luis. A los pocos días comenzó el ritual inolvidable. De lunes a viernes, a la hora del té, ascenso a la casa de Doña Rosa: merienda con bizcochitos caseros, visionado en LR3 Radio Belgrano TV Canal 7 de un par de programas (quizá “Tardes de Vosotras”, probablemente “El Cisco Kid”) y, gran final, la charla con la mamá de Luis sobre su hijo y mi ídolo. Secretos de ella revelados en voz baja y halagos míos recibidos a través del cuerno que oficiaba de audífono. Luego, algo así como domingo por medio, la anticipación vernácula de “La Rosa Púrpura del Cairo”. Otra vez ascenso, ahora al mediodía. ¡Luis iba a almorzar con Doña Rosa! Pero también estarían Malvina (Pastorino, su esposa) y Eduardo, y otros familiares. Y, para que la película fuera completa, iban rotando, además, como invitados especiales, los tan característicos actores/personajes secundarios fieles a Luis y sus comedias. Mi corazón no daba para más…

PASTA “AL DENTE” Y PARTICULARES CON FILTRO
El plato central siempre era pasta. “Seca, porque si no no es pasta”, sentenciaba y me inculcaba Luis. Junto a la olla descomunal asumían la responsabilidad del “dente” él y Doña Rosa, que en ese momento ya se había convertido en María Esther Buschiazzo, la eterna y sufrida madre de las películas de “Luigino”. Y, claro, la muchachada le pedía al “figlio” que recitara una vez más la celebérrima frase: “No llore vieja, que me moja los fideos” …
Mi aporte central – y módicamente itálico – a cada sobremesa era cantar las canciones de moda de Nicola Paone, con aquel himno esencial llamado “Ue, Paesano”. Y, a veces, completaba mi performance, respondiendo a algún encargo doméstico de Luis. El principal era: “Carlitos, andá al kiosco de la otra cuadra y comprame un paquete de Particulares con filtro, Decile al kiosquero que son para Luis Sandrini.”

Yo iba a la carrera, orgulloso cumplía el encargo y, desbordado por la emoción, apenas podía mencionar al ilustre beneficiario. En el tramo de regreso, más tranquilo, empezaba a intuir que algo no cerraba. ¿En qué podía influir el estrellato de Luis Sandrini si todos los paquetes de Particulares con filtro eran iguales e inmodificables? Pero al tomar el ascensor la intriga pasaba a décimo plano. Arriba me esperaba el cielo, que para mí había descendido hasta el sexto piso.

Afectuosamente.

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