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La vida como eje central de la nueva normalidad [columna]

18 de julio de 2020

El alejamiento social implicó jornadas agotadoras para los cuerpos femeninos. Y estas jornadas llegaron para quedarse.

Giselle Muñoz Licenciada en Sociología (UBA), Posgrado en Políticas Públicas y Justicia de Género (CLACSO).

La pandemia afectó todos los aspectos de la vida en sociedad, nuestro día a día, las formas en las que interactuamos, nuestra cotidianeidad, los modelos de vida a los que estábamos acostumbradxs. Todo se desajustó y el impacto sobre la vida fue contundente.

Hoy, después de 4 meses, llegamos a un momento en donde la pandemia ya no es una sorpresa, está instalada y el mundo sumergido en ella. Su desenlace sigue siendo un gran interrogante, su destino es aún incierto y probablemente el coronavirus sea uno más de los tantos que vendrán. Pero lo que sí sabemos es que hoy estamos en otro lugar y que en este nuevo lugar estamos constituidxs por condiciones y realidades que nos obligan a reflexionar.

Mucho se empezó a decir acerca de la “nueva normalidad”. En un extremo las posturas que plantean que es el fin del modo de vida depredador y que se inicia la caída del capitalismo y del neoliberalismo. En otro extremo las posturas que plantean que hay un riesgo de una mayor concentración de la propiedad, fortalecimiento del poder de las élites empresariales y para la clase trabajadora un horizonte de recorte de derechos y precarización.

En medio de estos interrogantes e intereses en disputa, el feminismo nos invita y nos obliga a intervenir en la agenda de la “nueva normalidad”. La pandemia dejó en evidencia y dio visibilidad a aquello que las feministas ya sabíamos, que el cuidado de la vida es prioritario. El aislamiento forzoso expuso nuestra interdependencia y nuestra necesidad de cuidados para sobrevivir.

Sin embargo, los cuidados aparecen como uno de los eslabones más débiles de la sociedad, marcados por la ausencia de verdaderos sistemas de cuidados. La consecuencia obvia de esta deficiencia es la mayor intensidad de trabajo y responsabilidades para las mujeres. El alejamiento social implicó jornadas agotadoras para los cuerpos femeninos. Y estas jornadas llegaron para quedarse. Al menos por un tiempo, los jardines de infantes y las escuelas permanecerán cerradas. En la práctica, muchas mujeres no tendrán con quién dejar a sus hijxs, como cuidadoras tendrán menos tiempo, menos ingresos y un consecuente aumento de la desigualdad y profundización de la precariedad en los sectores más empobrecidos.

Esta “nueva normalidad” exige reconocer que la reproducción y el cuidado de la vida son procesos complejos en donde se combinan trabajos, actividades, relaciones y recursos. Y que esa complejidad es resuelta en el seno familiar, pero no en la familia como lugar ideal, sino mayoritariamente en las mujeres de la familia. Cada unidad doméstica se las arregla como puede, madres, tías, abuelas, hermanas mayores cuidadoras.

El Estado como lo conocemos hasta hoy no fue capaz de reconocer el valor real de los cuidados en el sostenimiento de la vida. Por ello, para que los escenarios post-pandemia sean más igualitarios y paritarios, debe pensarse en un modelo de vida que ponga a las personas en el centro y a los cuidados como bien común.
El mundo se está reconfigurando, ya no es lo que era y la vida ya no es la misma para nadie. Nos exige cuidados diferentes en lo individual y en lo social. Por eso debemos instalar la necesidad de un nuevo pacto social que institucionalice y sistematice los cuidados, que se discutan políticas que garanticen derechos, con perspectiva de género, de clase y de derechos de niñxs, adolescentes y adultxs mayores.

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