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Marina Yuszczuk: “La muerte es algo bastante tabú en nuestra cultura” [+podcast]

11 de octubre de 2020

En su nueva novela “La Sed”, presenta un libro voraz y gótico sobre la soledad y el paso del tiempo.

Vampiros. A casi todos les fascinan estas criaturas mortales y seductoras que constituyen un género y una tradición.

El “Drácula” de Stoker, la “Carmillia” de Sheridan Le Fanu, la homoerótica pareja de “Entrevista con el Vampiro” de Rice, y “La condesa sangrienta” de Alejandra Pizarnik, uno de los poquísimos exponentes vampíricos de industria nacional.

El cine y la televisión también regalaron sus aportes: “Nosferatu”, “Buffy, la cazavampiros”, “Blade”. La lista es infinita.

Marina Yuszczuk, escritora, periodista y editora, autora de libros de poesía como “Madre soltera”, acaba de publicar su novela “La sed” (Ed. Blatt & Rios).

En ella, una vampira europea llega a una Buenos Aires incipiente, a fines del siglo XIX, huyendo de una persecución. Su camino se cruza con el de una humana, una mujer que está atravesando un duelo. El resultado de este encuentro es una novela gótica y sumamente ágil sobre la soledad y la muerte. Hoy en metaLetras, Marina Yuszczuk…

– ¿Por qué decidiste escribir una novela de vampiros, que es algo tan atípico en la literatura argentina?
Se me hace un poco raro llamarle “una novela de vampiros”, a pesar de que lo es, porque la siento bastante alejada de otras cosas del género: textos que se ocupan de temas como la supervivencia del vampiro, cómo se adapta a la actualidad, esas comunidades de vampiros que se enfrentan entre sí. Acá no hay nada de eso, de hecho hay una sola vampira. Ya desde ahí me parece que es algo diferente. Siempre me gustó la figura del vampiro, siempre tiene una fantasía erótica muy fuerte, que me gusta sobretodo en el cine. Pero había algunas cosas que tenían que ver con “cómo escribir sobre el deseo”, más que nada, que a veces puede ser algo un poco abstracto. Cómo encontrar una figura para hablar de cosas que para mí tienen que ver con lo íntimo, con lo erótico, y también con la literatura. Con la experiencia de la literatura. La vampira, yo no lo quise subrayar mucho, pero en un momento habla de ella misma como una especie de artista, que crea cuando destruye. Que no encuentra nada que dure, que todo se le escapa de las manos. Había algo de mi relación con la literatura que yo quería escribir. Y necesité ir a otra época, porque sentí que era algo muy anacrónico para decirlo en presente. Y por otro lado la muerte, la vampira es la que lleva la muerte, y sobretodo tiene una relación con la muerte como de goce, y también estética. Cuando en la novela ella está en lugares que a nosotros, humanos, nos generan rechazo y repulsión, ella está como un pez en el agua. Y eso me pareció interesante de explorar, ¿no? Había que no ser humano, necesitaba un personaje que no fuera humano, para poder imaginar otra experiencia con la muerte que no fuera la humana. O quizás es humana, pero un costado de la muerte que no queremos tocar, porque la muerte es bastante tabú en nuestra cultura.

– La soledad es una cosa muy fuerte en toda la novela. Y al ser una vampira, que vive para siempre, el paso del tiempo en la novela es algo muy desolador. Y lo que decís de ella, que se ve como una artista, es interesante porque ella dice que no se ve a sí misma como una asesina.
Si, exacto. Lo que pasa es que lo que me gustaba también era, dejando de lado lo moral, explorar la destrucción. Ella es una destructora, tiene una fuerza destructora que apenas puede controlar. Me parecía muy interesante poder hablar de eso. Es mi primer libro de ficción, pero siempre en la ficción aparecen aspectos de una que encuentran la mejor manera de expresarse. Pero sin embargo, la segunda narradora de la novela que es un personaje contemporáneo: son las dos caras de la moneda. ¿Estamos contando demasiado? (Ríe)

– ¡Si!
– No se cuánto contar…

– Contá lo que quieras. Lo que pasa es que es una novela compleja de no spoilear…
– Tiene sorpresa. Si…

– Y además una de las mejores cosas que tiene tu novela es que el tono de las dos narradoras es muy distinto. La voz de la vampira es sumamente sombría, sumamente barroca, subyugante. Y en el medio de la novela: un corte brutal, y conocemos la otra cara del relato que es mucho más cercano.
– Sí, exacto. Primero mi idea era que la vampira fuera la narradora de todo el libro. Que se cruzara con el segundo personaje, pero que siguiera siendo la narradora. En un momento me saturo un poco esa voz, y me pareció interesante también cruzarla con una voz contemporánea, porque lo que me interesaba que apareciera era dos experiencias distintas de la muerte. Una más cercana a la de nuestra sociedad, a nuestra manera de proyectar una muerte, un entierro, una enfermedad, una agonía. Y el lenguaje en el que lo podemos expresar, que es muy pobre porque es un tema bastante oculto bajo la superficie en la actualidad. Y por otro lado este otro personaje que está inmerso en la muerte, al punto de habitar un cementerio y caminar entre cadáveres, y se regodea en eso. Me gustó mucho poder escribirlo. Y no había forma posible de explorar eso como no fuera a través de un personaje muy muy lejano en el tiempo, con un lenguaje muy de otra época. Como mi versión de la literatura del siglo XIX, que empecé a leer en la adolescencia.

– Cuando uno abre este libro piensa “Vampiros en Buenos Aires” y cree que se va a encontrar con una experiencia un poco kitsch. Me refiero a que uno asocia el vampiro con una cultura más de Europa Oriental, incluso más de la cultura sajona. Sin embargo es muy verosímil como ella llega a esta ciudad, como aprende a hablar en argentino, a caminar como una porteña…
– (Ríe) Si, son las preguntas que yo me hacía cuando estaba escribiendo. Me parece que hay algo divertido de la ficción que siempre es como enfrentarse al ridículo, ¿no? Pero era “el ridículo” como un horizonte posible. Cuando la gente me preguntaba “¿qué estás escribiendo?” y yo le decía “una novela sobre una vampira” me causaba mucha gracia la reacción. Porque era como: no decir “qué pavada”, tratar de ser respetuosos, pero con cierto asomo de sorpresa, de “qué ridiculez”. Que está bien. Parte de ser escritor es enfrentarse con esto y ver cómo uno lo puede resolver. Pero lo pensaba todo el tiempo mientras escribía la novela.

– Hablás de enfrentarse al ridículo. Yo no sé si fue adrede, pero en un momento la novela hace un guiño un poco kitsch cuando ella (la vampira) decora su cripta con todos los tópicos de las películas de que hacía la Hammer, con Cristopher Lee como Drácula: los terciopelos rojos, los candelabros, las velas. Ella es una esteta de la muerte y la vive así.
– Sí, y además ese momento, que me gusta que lo recuerdes, y algún otro por ahí, tiene que ver con que yo pensaba que tenía que haber un mínimo de consciencia, ¿no? No estamos en Londres en el siglo XIX como para escribir una novela de vampiros y no entender que en el medio pasó más de un siglo, pasaron un montón de películas, más novelas. Entonces hay como un par de guiños, sutiles -quiero creer- que tiene que ver con entender lo teatral de todo lo que está sucediendo.

– ¿Sos fan del género de vampiros? ¿Cuánto background tenés de eso?
– En general no soy fan de nada. Suena rarísimo decir “no soy fan de nada”, pero te juro que es cierto. No soy fan en el sentido de que me gusta algo y agotó y aprendo todos los detalles, las variantes, las versiones. No. Para nada. Sí leí novelas de vampiros, por supuesto. Un texto que para mi estaba en la base de esta novela es Carmilla de Sheridan Le Fanu, que es esta historia entre dos chicas de las cuales una es vampira y llega de visita a la casa de la otra. Y hay una atracción entre ellas. Que es muy anterior a la novela de Bram Storker y tiene este erotismo entre mujeres -mujeres entre comillas, ¿no?- y es un texto que me gusta mucho y lo tenía presente. Y después pensaba en una película como Only lovers left alive de Jarmusch, que son estos vampiros que sobreviven en la vida nocturna y tienen que procurar el alimento, pero sobretodo son estetas. Son melómanos, leen poesía. Tienen como una vida muy crepuscular, pero también muy aislada y muy solitaria digamos. Iba más por ahí lo que quería a hacer, que por algo que tuviera que ver con Anne Rice o Stephanie Meyers. A pesar de que son libros que leí. Pero me interesaba el vampiro solitario y sobretodo el sobreviviente de una especie en extinción. Y que hubiera algo totalmente decadente. Y son cosas que tienen que ver con cómo se vive a veces la escritura, ¿no? Porque por más que vivimos en una comunidad artística, muchas veces los escritores tenemos como esta especie de aislamiento muy extremo cuando estamos escribiendo.

– Cuando hablabas de las vampiras y esta especie de erotismo lésbico recordaba The Hunger, con Susan Sarandon y Catherine Deneuve.
– Totalmente. De hecho cuando pensé el título La sed pensé en El ansia (título de The Hunger en español) y sí, está muy cerca.

– Hay algo que pasa con esta vampira tuya que recorre este Buenos Aires que se empieza a construir, se cuida de no ser vista, de bajar el perfil, duerme en lugares oscuros, mansiones abandonadas, bóvedas en el Cementerio de Recoleta. ¿Hay algo de marginada en tu vampira?
– Sí, yo lo que sentía es que no podía ser una aristócrata. Ya de por sí en territorio argentino poner una vampira para mi significaba como esta idea de que ella también es una inmigrante, que viene de Europa y que pierde mucho en el camino, viene sin nada. Todas esas ideas que tienen poco que ver con los aristócratas y más que ver con los inmigrantes. No podía ser “el Conde Drácula”, sino un personaje marginal a esa tradición, y traerla a este territorio. Viste que en Drácula en el Castillo tiene otras vampiras a las que de vez en cuando les tira un hueso y les da de comer. Me imaginaba como uno de esos personajes secundarios de ese gran relato, trasladado a otro territorio y convertida prácticamente en una marginal, y casi en una pordiosera por momentos.

– Citas esta escena tan icónica de la novela de Stoker y de la película de Coppola. Es una escena horrorosa en la cual él les tira un bebé a su harem de vampiras para que se alimenten. Tranquilamente esta novela podría ser el capítulo que le falta a Drácula.
– Sí, sí, podría ser tranquilamente un spin-off de una de las vampiras pero en Buenos Aires. En una Buenos Aires “Gran Aldea”. Por eso sentí que no podía ser una aristócrata ni un personaje que tuviera dinero, que tuviera recursos, sino todo lo contrario. Una fugitiva. Estuvo bueno la verdad escribirlo (Ríe) Me agarró como una nostalgia.

– Qué bueno que digas eso. porque en general pasa al revés. Los escritores aman sus libros mientras los escriben y luego se quieren deshacer de ellos.
– Sí, es así, pero es que fue bastante intenso y estuve bastante tiempo sumergida en ese libro, y en ese mundo.

– Bueno, la intensidad se siente. Vos tenés escrito varios libros de poesía y la novela está llena de imágenes poéticas. Hay una síntesis y una velocidad de condensar en una imagen una emoción, en muchos párrafos de la novela. Se notan recursos del cuento, de la poesía, de géneros que requieren de mayor urgencia.
– Sí, tal cual. Me daba cuenta mientras escribía que este era un libro que podría haber tenido quinientas páginas. Pero había algo de la síntesis que supongo que lo traigo de haber escrito poesía durante mucho tiempo.

– Hay un momento donde tu vampira narra la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires. Que es una pandemia, como la que vivimos ahora. Y das muchos datos muy interesantes sobre los cementerios y sobre la muerte en ese momento. ¿Investigaste para toda esta parte histórica de la novela?
– Sí, sí, investigué. De hecho yo vengo de la Academia, aunque hace muchos años que estoy desvinculada. Así que tengo como ese vicio, también por ser periodista, de chequear información. Leí artículos académicos sobre costumbres funerarias en Buenos Aires en el siglo XIX. Es muy difícil encontrar información sobre el Cementerio de la Recoleta en el siglo XIX en libros de divulgación. Así que tuve que meterme por otro lado para buscar descripciones del cementerio lo más puntuales posibles. Y también investigué sobre la fiebre amarilla. Fue rarísimo lo que pasó, porque la novela la terminé de escribir el año pasado, y la escribí pensando que estaba hablando de una experiencia totalmente superada, de un pasado remoto, y después vino la pandemia. Imaginate que me empezó a resonar de una manera muy rara todo lo que estaba pasando. Sobre todo a principios de año en abril. ¿Te acordás cuando hubo esos episodios en países donde aparecían los cuerpos en la vereda? Y la gente que los dejaba tapados apenas con una sábana para que los pasaran a buscar. Por eso creo que fue muy doloroso todo lo que pasó este año, porque pensábamos que era algo superado y nos puso en un estado muy vulnerable.

– Hombres y mujeres se le ofrecen a esta vampira a lo largo de la novela, por distintos motivos. ¿Crees que debe haber algo bueno en vivir para siempre?
– Creo que eso es imposible de saber, pero creo que todo el estilo de vida contemporáneo de nuestra cultura está basado en prolongar la vida. Me parece un impulso humano que sigue existiendo. Esta vida indefinida donde no haya cambios ni envejecimiento y muerte, es como un horizonte en nuestra cultura.

– La vampira llega a la ciudad y se pregunta por qué todo es así, cómo es este mundo que la rodea. ¿Cuándo ves la sociedad que te rodea qué ves?
– (Pausa) Qué pregunta difícil. A mi me parece que hay cierta oscuridad que es necesaria y que falta. Siento que escribir la novela fue como sumergirme un poco en esa oscuridad. Con “oscuridad” quiero decir una manera más profunda de experimentar lo terrible que nos pasa, y que no sea solamente decir “qué terrible”, ¿no? Por eso me interesa el terror en el cine, la literatura. Yo creo que este año la pandemia nos enfrentó con muchas de estas cosas, pero no sé hasta qué punto las quisimos mirar. No siento que haya cambiado mucho la forma de percibir la fragilidad, la muerte, la vulnerabilidad. Hace muchos años que pienso que nuestra cultura hace todo lo posible por ocultar la muerte. Y cada tanto pasa algo que nos la enrostra. Ya sea a nivel individual o colectivo, como sucedió este año. Y me parece interesante sumergirse ahí. Por eso la ficción creo que es la manera de poder hacerlo y que sea tolerable.

– ¿Quién debería y quién no debería leer La Sed?
– (Ríe) Bueno, nadie que sea pariente mío, me parece. Siempre trato de no mezclar eso porque me suele traer problemas. Quién debería… me parece que no es una novela, como bien dijeron en la contratapa Damián Ríos y Mariano Blatt (Editores de Blatt & Rios), no es una novela estrictamente del género vampírico. Yo lo pienso como un libro sobre los duelos, como este personaje que tiene a la madre enferma y está atravesando un duelo. Y desde ese lugar, puede conectar cualquier persona que esté en la misma situación o haya estado. En ese sentido pienso que es para todos.

– Para ese personaje, la segunda narradora, morir es terminar. Pero para la vampira morir es permanecer. Son dos experiencias bien diferentes.
– Exacto. Pero hay algo de la violencia de la muerte que la vampira ayuda a procesar. Frente a la muerte y a lo violenta que es, uno se pregunta “qué hago con esto, lo amortiguo o lo vivo hasta el fondo”. Y creo que la respuesta de la vampira es vivirlo hasta el fondo. Creo que se vive mejor incorporando a la muerte. Estoy convencida de eso. No estar todo el tiempo huyendo de algo o escondiéndose.

Tomás Rodríguez

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