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Menstruar con dolor y vergüenza [Giselle Muñoz]

29 de agosto de 2020

Un hecho tabú que acontece en la vida de la mitad de la población.

Giselle Muñoz Licenciada en Sociología (UBA), Posgrado en Políticas Públicas y Justicia de Género (CLACSO).

Cuando tenía 9 años pasé por una situación muy vergonzosa para mí, esas situaciones en donde rogás que nadie te vea ni se entere de lo que estás haciendo y pese a todos esos sentimientos estaba convencida de lo que tenía que hacer. Había una causa muy importante que lo motivaba, ayudar a mi hermana mayor. La situación económica en casa era muy difícil, plena década de los ’90 y mi mamá como único sostén familiar. Se podía adquirir lo justo y necesario y ello incluía también a los productos de higiene menstrual. Las toallitas femeninas que podíamos comprar eran las más económicas y no se adecuaban a la necesidad de mi hermana. No sólo porque no eran las de marca que pasaban en la tele (en ese momento las más top venían en caja, no en paquete) sino porque además las más económicas no eran aptas para contener la intensidad de su ciclo menstrual. Recuerdo el enojo de mi hermana y el reclamo hacia mi mamá. Con esas toallitas no iba a salir a la calle y mucho menos ir a la escuela. El peligro al desborde y a mancharse la ropa era un hecho para ella. Entonces recordé que en el armario de 4° grado de mi escuela había toallitas, la maestra se encargaba de que siempre estén disponibles para quienes las necesiten, al igual que el papel higiénico. Al día siguiente, en un recreo mientras no había nadie en el aula, fui al armario, agarré las toallitas del paquete, las guardé rápidamente en la mochila y se las llevé a mi hermana.

Hoy puedo ver esta situación desde otra perspectiva, quitándome la vergüenza de encima y sintiendo que fue un gran acto de sororidad. Y gracias al feminismo también puedo nombrar y visibilizar esta anécdota para denunciar que la menstruación, así como la conocemos, es un gran acto de desigualdad. Es un hecho que acontece en la vida de la mitad de la población y pese a ello, son muy pocos los saberes y abordajes que se promueven para que el cuidado y el acceso a los bienes necesarios no impliquen una discriminación hacia las mujeres, por el sólo hecho de serlo.

En la mayor parte de nuestra sociedad continúa siendo un tema tabú que implica silencio, ocultamiento, vergüenza y con ello aparece la consecuente desinformación. Acaso no nos han dicho “No te bañes cuando estás con la regla porque te hace mal”, “No podés meterte a la pileta indispuesta”, “No es recomendable hacer deporte cuando estás así”. Si bien puede suceder que en los primeros días del período no nos sintamos del todo bien para hacer ejercicio y no tengamos ganas de hacerlo, eso no quiere decir que sea contraproducente realizar actividad física y que debamos alejarnos de ella por el hecho mismo de transitar el ciclo menstrual. Podemos bañarnos, nadar, correr y practicar cualquier deporte, sólo debemos asegurarnos de utilizar los productos adecuados y para ello, necesitamos información y recursos.

Estos mitos y falsas historias tienen un trasfondo de peligro, confusión y perjuicio para los cuerpos menstruantes. Como en todos los aspectos de la vida, la desinformación nos puede dañar.

Entonces es indispensable que el Estado aborde esta temática de forma responsable. Tanto desde el plano educativo como desde el plano económico. En lo educativo, introduciendo efectivamente la Ley de Educación Sexual Integral (ESI) en las aulas de todos los establecimientos, para que ninguna niña ni adolescente sienta vergüenza ni miedo de transitar su período. ESI para que las infancias y adolescencias entiendan los procesos que transitan sus cuerpos. ESI para que los varones también conozcan qué significa la menstruación y no lo vivan como algo extraño, inentendible y capaz de ser objeto de burla. ESI para que se comprenda por qué una niña o adolescente no tiene ganas de correr en el recreo o hacer educación física, sin miramientos extraños ni reclamos.

En lo económico, garantizando el acceso a productos de gestión menstrual para la población en situación de pobreza. Comprar estos productos no es optativo y el hecho de no poder adquirirlos puede llevar al ausentismo escolar e incluso laboral. Y también a graves problemas para la salud ya que, al no contar con los recursos para poder acceder a ellos, se pueden generar prácticas poco sanitarias (no poder cambiar la toallita por largos períodos de tiempo, tener que usar papeles en su reemplazo o cualquier otro elemento no apto) con los riesgos que implica para el desarrollo de infecciones.

Varias jurisdicciones como el Municipio de Morón, ciudad de Santa Fe y San Rafael fueron pioneras en abordar esta problemática como política pública. Ya cuentan con ordenanzas para garantizar la provisión gratuita de elementos de gestión menstrual a los sectores más vulnerables en los centros de salud, para brindar información respecto a la variedad de elementos disponibles y para la promoción de opciones de menor impacto ambiental y económico. Esto es muy importante porque contar con la información adecuada nos hace soberanas para poder elegir qué producto es el más indicado para nosotras, quitándole esa decisión al mercado publicitario.

En el actual contexto de aislamiento se hace aún más necesario actuar para garantizar la provisión de estos elementos. Distintas campañas se están llevando adelante desde los movimientos sociales. #Menstruacción es la campaña de la organización Economía Femini(s)ta en donde se reciben donaciones para llevar estos productos a los barrios de emergencia.  En las canastas y bolsones que arman las organizaciones barriales también se empezaron a incluir estos productos.

Aún queda mucho por hacer. Sangrar todos los meses debe dejar de ser vergonzante y mucho más tener que pedir una toallita por no tener los medios para gestionar nuestra menstruación.

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