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Mi primer Festival: una trama con luces, sombras y un final que nunca me contaron

2 de mayo de 2019

En estas casi seis décadas de carrera vinculada con el cine, dos han sido mis pasiones más sostenidas, siempre crecientes, jamás desterradas: introducir películas en la televisión y organizar festivales, preferentemente en escala “boutique”.

Carlos Morelli Cine +.

El periodismo y la crítica en medios gráficos y radiales me ocuparon apreciablemente (con siete años de colaboraciones en La Nación y veintitrés en la redacción de Clarín) y asumir la promoción oficial de la cinematografía española en el Cono Sur me ofrendó una experiencia tan intensa como inolvidable. Pero abrazar a la pantalla grande con la chica y armar celebraciones del mejor producto fílmico con criterios y en geografías diferentes han nutrido mis apetitos, desafíos y goces decididamente mayúsculos.

En materia de festivales (lo del tamaño “boutique” lo patentó un querido Embajador de España en la Argentina, Carmelo Angulo, al condecorarme con la Cruz de Oficial de la Orden de Isabel la Católica) tuve, con diferencia de tres años, dos bautismos de fuego, ambos como “aportes especiales” dentro de mis funciones como responsable del Suplemento de Espectáculos de Clarín. El segundo sería, en 1983, aquella estruendosa muestra del cine español post-franquista, con la cual, de la mano de Pilar Miró, Directora General del organismo rector de esa pantalla, “reventamos” el enorme aforo del Teatro Ópera y perturbamos ostensiblemente a la agonizante censura de los últimos meses de la dictadura militar. Y el primero fue, en 1980, el suculento panorama de cine francés que ofrecimos – siempre en la Avenida Corrientes – en el Broadway, junto con Unifrance, la potente organización de difusión de esa industria.

GRANDES TÍTULOS, FORMIDABLE DELEGACIÓN
Después de numerosos encuentros, visionados, gestiones y discusiones en París, compartiendo la ardua coordinación del evento con Bertrand Bagge, un temperamental exportador y hombre fuerte de la conducción de Unifrance, armamos una convocante programación con títulos como “Don Giovanni”, “Tess”, “I Comme Icare”, “La Drolesse” y “On a Volé la Cuisse de Jupiter”. En representación de esas y muchas otras resonantes películas viajaría una delegación imponente. Sólo algunos nombres: Roman Polanski (foto), Nastassja Kinski, Jean-Louis Trintignant, Philippe de Broca, Jacques Doillon, Lino Ventura, Henri Verneuil… La gran capacidad de la sala, largamente desbordada. Una impresionante rotación de periodistas por las “suites” del mítico Plaza Hotel ocupadas por nuestros huéspedes. Y las historias paralelas.

La del intrigante viaje de Polanski, con sus espesos problemas judiciales en las maletas y sobre sus espaldas. La ya evocada del baño de Nastassja, en traje de Eva, en la piscina de la residencia del embajador francés. La de los democráticos paseos de Lino Ventura por una azorada calle Florida. Las de Trintignant, antiestrella casi hasta el exceso… Y la que tuvo como protagonistas a todos y cada uno de los miembros de la delegación. La cuento, pero con punto y aparte.

UNA DESPEDIDA COMO PARA NO VOLVER…
Por ser el lustroso protagonista de “I Comme Icare”, duro testimonio político de Verneuil, y por un sinfín de obvias razones más, también había sido invitado a venir por Unifrance el inmenso Yves Montand que enseguida rechazó de plano el convite. Pero que, de todos modos, junto con su mujer, la también gigantesca Simone Signoret, acompañaría a los viajeros hasta Charles De Gaulle, el parisino y cinematográfico aeropuerto de salida ¿Para qué? Para despedirlos con durísimos reproches, multiplicados con pancartas y altavoces, por venir a esta Argentina bajo un gobierno de facto y con tantas páginas negras frágilmente disimuladas en sus cuatro años de historia. Pese a la consistencia y a la sonoridad del reclamo, y también porque se trataba de un evento cultural sin ninguna intervención oficial (y, encima, con sus implícitas demandas por la restauración de la democracia), nadie se bajó del avión allí. Eso sí, al llegar a Ezeiza, todos descendieron como si marcharan hacia la guillotina. Desde luego, me tocó vivir muy de cerca esas horas iniciales de grave introspección, de algún arrepentimiento, y de explicables temores. Después, el éxito, las nuevas amistades, las vivencias estimulantes trajeron de vuelta el sol.

El posterior, verdadero, íntimo final de la trama, pertenece a los mil y un secretos de la Ciudad Luz. Yo tampoco lo conozco.

Afectuosamente.

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