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“Nunca te fallaré”. Vivencias XVIII [columna]

22 de julio de 2020

Historias para reflexionar.

@policia_odac Policía Nacional de la Oficina de Denuncias y Atención al Ciudadano. España.

Francisco, de 79 años, entra llorando a una gasolinera y se introduce en los cuartos de baño.

Una duda lo lleva consumiendo por dentro todo el día.

“¿Será capaz mi hijo?”, piensa.

Francisco, está a punto de comprobarlo.

Qué lejos han quedado aquellos años, en los que Francisco, ayudaba a su padre en el campo.
Eran tiempos difíciles, no como ahora.

La suya, es de esa “generación perdida”, la que trabajó para sus padres y después para sus hijos.

Él, lo dio todo por el suyo: Santiago

El día que nació fue el día más feliz de su vida. Era tan pequeño, tan frágil…Recuerda que no pesaba nada. Lo cogió entre sus brazos y mirándole muy de cerca le susurró: “Nunca te fallaré”.

Y nunca lo hizo.

Con mucho esfuerzo y sacrificio, su mujer y él, consiguieron pagarle los estudios universitarios.

Reme…

¡Cuánto la echaba de menos!
Sin ella, su vida se tambaleaba.

– Es que es un hombre muy ocupado. Por eso no tiene tiempo para venir a vernos – le respondía su mujer cada fin de semana que él le preguntaba por Santiago.

Poco a poco, esa pregunta comenzó a repetirse en los cumpleaños, en Navidad…

Fue en el propio entierro de Reme cuando volvió a encontrarse con su hijo después de tres años sin verlo. Se dieron un abrazo frío, distante.

– ¿Qué es de tu vida, Santi?
– Bien papá. Bien. Muy ocupado
– Podríamos ir algún día a pescar si quieres…
– Sí, papá, buena idea. Te llamaré un día y te pasaré a buscar.

Nunca lo llamó.
Lo volvió a ver dos años después.
Santiago fue para convencerlo que vendiera la casa y se fuera a vivir con él.

Y un año después, Francisco estaba llorando frente al espejo de un cuarto de baño de una gasolinera.

Esa misma mañana, su hijo lo despertaba más pronto que de costumbre.

– Venga, papá. Vístete que nos vamos
– ¿Tan pronto? ¿A dónde vamos?
– Tengo que ir a un sitio. Venga.

Notaba a Santiago raro. Enfadado, pero a la vez avergonzado. Triste, pero decidido.

Momentos después, paraban en la gasolinera. La misma gasolinera a la que estuvieron yendo tres días seguidos y en la que su hijo no dejaba de observar si había cámaras de seguridad.

– Papá, baja a mear
– Si no tengo ganas
– Pero el viaje es largo. Es mejor que vayas.

Francisco intentaba mirar a los ojos de su hijo, pero este esquivaba su mirada.
– Sí, ya voy… – le dijo aguantando las ganas de llorar.

La convivencia había sido dura, y su hijo, en momentos de enfado, le decía que si tuviera más dinero lo acabaría llevando a una residencia.

Apoya las manos en la pila del cuarto de baño y se mira en el espejo.

Vuelve a llorar.

Sus manos tiemblan un poco por los nervios; y otro poco por la edad.

La incertidumbre, le come por dentro.

“¿Se habrá ido sin él?”

Saca su pañuelo de tela y se seca las lágrimas mirándose al espejo para intentar disimular que ha llorado.

Mira la puerta del cuarto de baño

“¿Estará su hijo esperándole?”

Quiere salir de dudas; saberlo ya.

Sale del cuarto de baño.

Observa a la gente. Nadie se fija en él.

Se dirige a la puerta de salida.

Camina todo lo rápido que puede.

Sale.

La luz del sol le hace daño en los ojos todavía llorosos y no le deja ver bien.

Observa.

Busca…

Residencia de Ancianos Municipal. Dos mujeres hablan al lado de Francisco. Una de ellas prepara un vaso con medicación.

Él no habla, ni siquiera las mira. Su mirada está vacía, perdida.

¿Y desde cuándo dices que está así? – le pregunta una a la otra.

– Pues desde que vino, ya va para seis meses. Lo encontraron desorientado en una gasolinera. No habla y mover, lo que se dice mover, se mueve poco.

– ¿Pero qué le pasó? – No lo sé. Nunca contó cómo llegó ahí, si se perdió o si lo dejaron ahí. Nada. Solo repetía una frase: “Nunca te fallaré”. Francisco, sin pestañear, mira al frente.

(foto: pinterest)

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