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Odisea mínima en el espacio de un cine calabrés (Carlos Morelli)

29 de diciembre de 2019

Fueron 48 horas inolvidables. Con mis paseos buscando las huellas de mi abuelo paterno.

Carlos Morelli Cine +.

Soy orgullosamente argentino. Soy orgullosamente italiano, según mi pasaporte de “italiano all´estero”. Y mis Morelli vienen de Calabria y, puntualmente, de un pueblito llamado Castrovillari. Obviamente, quise vivir – y viví – la suprema aventura del viaje a las raíces. Para ello, hace pocos años me desplacé de Roma a Nápoles, y de allí a Castrovillari, provincia de Cosenza.

Fueron 48 horas inolvidables. Con mis paseos buscando las huellas de mi abuelo paterno repartidas entre la ciudad supuestamente clásica, la ciudad apreciablemente antigua y la ciudad claramente moderna. Con un silencioso hotel de dos plantas – en la parte “clásica” – cuya encargada se ilusionaba con que los contadísimos huéspedes degustaran todas las propuestas panaderiles del desayuno, calóricas representantes de los hornos de distintas zonas cercanas. Con un restaurante/pensión/” meeting point” cuyo menú homenajeaba esplendorosamente a los sagrados pimientos calabreses. Y más. Con la vuelta del perro alrededor de la módica arteria central.

Con los vecinos más veteranos que a las 7 de la tarde se juntaban en sus bancos para arreglar los intereses locales, nacionales, mundiales e intergalácticos. Más el “loco” del pueblo, casi un calco del de “Cinema Paradiso”, pero a horario completo. Y dos cines. Uno, apenas a unas cuadras del teórico centro, cerrado. Otro, el Ciminelli, en plena zona estelar, abierto. ¡Bah!: más o menos abierto.

Como no podía soslayar la experiencia – y esquivando hábilmente al “loco” – elegí ver “Sotto una Buona Stella” (Bajo una Buena Estrella), simpática comedia dirigida e interpretada por el italianísimo Carlo Verdone que estaba anunciada para las 17.30, las 19.30 y las 21.30. Llegué a las 17.20. Todo cerrado. Cinco minutos después se abrió un ventanal, del que asomaría –buscando ventilación – el pie derecho y desnudo del proyeccionista. “Enseguida llega alguien”, me aseguró. A las 17.32 llegó alguien: una suerte de “Wild Angel” calabrés, con moto, casco y campera negrísimos, visiblemente molesto porque yo estaba parado en su “miniparking”.

Me corrí, estacionó, abrió la puerta (una sola), entró, la cerró, volvió a abrirla y con un cabezazo autorizó mi ingreso. Pagué la entrada, ingresé en una mezcla de “loft” y depósito de cualquier cosa, con muchas butacas cubiertas y encadenadas y unos pocos asientos libres, más un minúsculo escenario y una pantalla que originalmente debe haber sido blanca.

A las 17.50 ya me había acostumbrado a todo, pero algo me faltaba. ¿Y la película de las 17.30? Osadamente regresé al “hall” y pregunté sobre los motivos del atraso. El motoquero-empresario-boletero me respondió: “Es que llamó uno que está en la peluquería y pidió que lo esperásemos porque llega enseguida.” Pero tranquilo, porque si no llega empezamos. A las 18.00 empezamos. Y yo – puntual pero mal peinado – era el único espectador.

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