información. televisión. radio.
lunes 20 de mayo 11ºC Buenos Aires
Max: 14ºC | Min: 9ºC
DESTACADA

Pilar Miró, aquella mujer inolvidable

La conocí dos veces el mismo día. A la mañana, en su intimidante despacho de las viejas oficinas del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA) del Ministerio de Cultura de España, sitas en el madrileño Paseo de la Castellana (las actuales están en la Plaza del Rey). A la noche, en la taberna El Lacón, célebre templo de tapas y cañas del área de la por lo menos bulliciosa Plaza Santa Ana.

Carlos Morelli Cine +

Acompañado en ambos turnos por mis padrinos de ocasión, el legendario distribuidor y exhibidor argentino Isaac Vainikoff (más conocido entre nosotros como Argentino Lamas) y el guionista y director español José María González Sinde, en presencia de la segunda autoridad del organismo, mi hoy casi hermano Carmelo Romero de Andrés, primero la sufrí y después la gocé. Custodiada por el cuadro del Rey Juan Carlos, vestida de Directora General, con cara de ningún amigo, se desinteresó en pocos minutos de mi propuesta, en representación del Diario Clarín (ya les recordé anteriormente que yo era editor de su Suplemento de Espectáculos), de organizar en Buenos Aires una gran muestra del más comprometido cine español en los meses de “despedida” de la dictadura militar. Pero ocho horas más tarde, calzada en su T-shirt marinera y en sus jeans, tomando una cerveza Mahou, arremetiendo contra unas bravísimas “patatas bravas”, la misma idea le pareció maravillosa.

Esa misma noche nació aquel memorable festival que en agosto de 1983 desbordaría durante doce días la capacidad del Teatro Ópera. También nació mi tan intenso vínculo con el cine español, que me llevaría a representarlo durante varios años en el Cono Sur. Y, lo fundamental, nació mi amistad con esa mujer absolutamente irrepetible llamada Pilar Miró.

TAN FRÁGIL, TAN INDOMABLE
Pilar, con sus cuatro “bypasses” y con su temple de roca. Con su figura escuálida y con su autoridad descomunal. Pilar, la que, sepultando su investidura, hacía democráticamente cola en las funciones de prensa del Festival de Cannes. También la que discutía y peleaba como si estuviese siempre en El Lacón. Pilar, tan orgullosa de su hijo de padre muchas veces sospechado pero nunca revelado, y de ese cine español por el que hizo lo que nadie. La señora que filmara la históricamente movilizadora y crudísima “El Crimen de Cuenca” (que la puso entre rejas) y que, cuando llegó a Buenos Aires, presidiendo la delegación más asombrosa del cine español de que aquí se tenga memoria, decidió no ir al cóctel ofrecido por la embajada y acompañar a esa misma hora la marcha semanal de las Madres de Plaza de Mayo.

SÁBADO A LA NOCHE: LA GLORIA Y EL GRITO
Tengo que terminar, dejando tantísimo sin contar. Pero les ofrendo lo esencial. Noche de sábado en aquel casi revolucionario festival porteño del “cine español en libertad”. Ni una butaca libre de la sala inmensa. Gente parada, gente sentada en las alfombras y, quizá, hasta gente colgada del techo (aquel de las nubes en movimiento). Proyección de “El Crimen de Cuenca”. Casi un espejismo, también una provocación, con la sede del gobierno militar de facto a pocas cuadras y ante la impotencia del Ente de Calificación Cinematográfica. Fin de la exhibición. Una ovación que todavía escucho. Pilar y sus cuatro “bypasses” de vuelta en el gigantesco escenario escoltada por la dupla de presentadores que integré con Juan Carlos Mareco. Y, desde el sector más alto del “pullman”, un grito de gratitud, de admiración y básicamente amor que su destinataria recordaría por siempre: “¡Gallegos, no os muráis nunca!”.
Afectuosamente.

ÚLTIMAS NOTICIAS