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Por arte de magia. Vivencias XVII [columna]

15 de julio de 2020

Historias para reflexionar.

@policia_odac Policía Nacional de la Oficina de Denuncias y Atención al Ciudadano. España.

Patricia, de 12 años, cuelga el teléfono muy preocupada.

Le acaban de decir que, a partir de mañana, las clases se darán por videollamada.

Solo hay un problema: ella no tiene internet.

Patricia es delgada y de piel morena. Tiene el pelo largo y negro que siempre recoge en una enorme trenza. A pesar de todo lo que ha vivido a su corta edad, sigue siendo una niña alegre.

Y es que cuando tenía 4 años, su padre las abandonó a ella y a su madre.

Aunque fue lo mejor para Patricia porque, las marcas de golpes y quemaduras de cigarrillo que tenía en su pequeño cuerpo, desaparecieron «como por arte de magia».

Y tres años después de cuidados negligentes por parte de su madre, esta, falleció por una sobredosis de heroína. Tres años duros en los que Patricia tuvo que aprender a cocinar y a poner lavadoras.

Ahora vive en un pequeño piso con Gabriela, su abuela. Una mujer alegre y amable que enviudó hace quince años y que cobra una pequeña pensión que le da lo justo para gastos y comida.

– ¿Qué pasa?

– Pues eso abuela. Que a partir de mañana van a comenzar las clases por internet.

– Ah, muy bien. ¿No?

– Pero yo no tengo internet.

No se podía. Los pequeños ingresos que entraban en esa casa eran para comer y poder pagar facturas.

Patricia tenía móvil porque su abuela, tras mucho ahorrar y enormes esfuerzos, pudo regalarle uno.

– ¡Abuela! – exclamó Patricia al ver la caja.

– Así puedes llamarme a mí o a la Policía si hace falta.

Patricia sabía que el móvil que le regaló su abuela, no era muy bueno. De hecho, sus compañeros se reían de ella por eso.

Pero le daba igual. Se lo regaló la persona que más quería en este mundo y con la mayor de las ilusiones.

Con él se conectaba, siempre que encontraba wifi público, a las redes sociales en las que tenía perfil. Era su única forma de hacerlo.

Por eso, antes del confinamiento, se la podía ver muy cerca del Ayuntamiento de su ciudad, intentando así captar algo de señal.

– ¿Qué haces ahí, Patri? – le preguntó en una ocasión Juan, un vecino de su mismo edificio, cuando la vio sentada en las escaleras de la plaza, muy cerca de las puertas del Ayuntamiento.

– Es que aquí hay wifi gratis.

– ¿Y los deberes?

– Ya los he hecho.

A «Patricia la pobre», como la llamaban algunos compañeros, le encantaba ir a clase; a pesar de ser blanco de las risas para muchos y tener pocos amigos.

Le encantaba leer, estudiar, atender a las explicaciones…Y los libros, sobre todo los libros.

Todos los libros de texto que tenía eran prestados. Eran libros deteriorados, subrayados con varios colores y que habían pasado por muchas manos.

Por eso, el único que su abuela le pudo comprar, lo abría constantemente para olerlo.

Ese olor a nuevo…

– ¡Patricia la pobre, que repite pantalones! – le gritaban los compañeros.

Ella hacía como si no lo hubiera oído. Qué culpa tenía ella de que solo tuviera tres pantalones. O qué culpa tenía su abuela de no tener dinero.

Cuando comenzó el confinamiento, Juan volvió a ver a Patricia. La vio fregando el rellano del piso de su abuela.

– ¡Hola, Patri! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo llevas el confinamiento?

– Bueno – le contestó Patricia muy apagada.

Y a continuación, se metió en casa.

Más tarde, Juan supo el motivo:

Patricia, la niña que vivía con su abuela, esa que había sufrido lo que no está escrito, que solía cantar en alto mientras cogía el ascensor y que cuando reía se escuchaba por cada rincón, no podía estudiar por falta de recursos.

Ha pasado una semana desde que comenzó el confinamiento.

Patricia, sentada en el salón, observa a su abuela mientras cose.

La mira con cariño, pero sobre todo, con admiración.

«Algún día, te devolveré todo lo que estás haciendo por mí», piensa.

De repente, alguien llama a la puerta.

Las dos se quedan mirando.

Casi nunca reciben visitas y, últimamente, menos.

Vuelven a llamar.

Cuando se asoman, no ven a nadie; tan solo una caja pequeña, no muy grande, con una nota pegada arriba.

Gabriela se acerca y comienza a leer.

Para de hacerlo y se queda mirando a Patricia.

Esta se acerca rápido y coge la nota:

«Hola Patricia, soy Juan. He pensado que este portátil te vendrá muy bien para estudiar.
Por cierto, te dejo anotada mi clave de Wifi para que te conectes cuando quieras».

Patricia se abraza a su abuela y comienza a reír.

Su risa, vuelve a escucharse en cada rincón

(foto: freepik)

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