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Ya no estoy sola. Vivencias XIV [columna]

24 de junio de 2020

Historias para reflexionar.

@policia_odac Policía Nacional de la Oficina de Denuncias y Atención al Ciudadano. España.

Después de intentar ganarse la vida como fuera en su país, Jennifer probó suerte viniendo a España.

Creía que aquí tendría su oportunidad.

Se equivocó.

A pesar de su juventud, 20 años, Jennifer no conseguía sacar a flote a los suyos. Era la mayor de cinco hermanos de una familia que se quedó sin padre en un accidente laboral.

De lo de su padre hacía ya bastante tiempo, y a pesar de intentarlo, ella nunca logró un buen trabajo para tantas bocas. La enfermedad de su madre tampoco ayudaba mucho.

En cuanto consiguió reunir algo de dinero, lo invirtió en venir a España: el país de las oportunidades…

– ¿Pero por qué tan lejos? – le preguntó muy triste su madre.

– Me han hablado muy bien – respondió ella -. Sé que allá puedo encontrar trabajo para mandaros dinero.

Jennifer recuerda esta conversación con tristeza.

Si lo hubiera sabido…

«Quiero acabar con todo».

Recuerda a sus hermanos; todos más pequeños que ella. A su madre, a su habitación…a su padre.

Donde vivía ahora, le faltaba todo aquello; ese amor que hace que una casa pueda llamarse hogar.

Comienza a llorar.

Después de un año viviendo en España, solamente había encontrado trabajo limpiando casas; y eso cuando había suerte. ¿Quién la iba a contratar estando irregular? Y quien lo hacía le pagaba una miseria sabiendo que ella nunca protestaría.

«No quiero vivir así».

Un día, conoció a un chico con el que congenió. Parecía agradable, simpático. Le gustaba tanto como para buscar en él ese cariño que apagara la soledad de vivir en un país en el que no conocía a nadie.

A la segunda cita se acostaron.

Recordaba esa noche cómo mágica. Por un momento, se olvidó de sus penas y se creyó con derecho a ser feliz, como cualquier chica de 20 años.

Como cualquier persona.

¿Y si a partir de ahora su suerte cambiaba?

Volvió a equivocarse.

«Prefiero morir. Matarme».

Después de esa noche «mágica», nunca más supo de ese chico. Dejó de recibir sus mensajes y, cuando lo llamaba, nunca respondía.

«Bueno, me da igual. Él se lo pierde».

Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, lo asimiló como otra derrota.

– ¿Cómo te va en España? – le preguntó su madre llorando.

– Muy bien – le respondió intentando aguantar las lágrimas -.

– Te echamos mucho de menos.

– Y yo a vosotros. En cuanto reúna algo de dinero, os lo mando.

Era mentira.
Por no tener, no tenía ni para regresar.

Lo poco que ganaba, era para pagar el alquiler de una mísera habitación. También en comida y otros gastos; imprimir currículums, bonos de autobús, facturas…

Un día comenzó a sentirse mareada. Vomitó varias veces. Esto, unido a que ese mes no le vino el periodo, le hizo temer lo peor.

– Está usted embarazada – le dijo el médico.

Jennifer, con los ojos llorosos, se quedó sin habla.

– ¿Está bien? – le preguntó el doctor.
– Sí…

¿Qué iba a hacer? Sola, sin trabajo, sin dinero, embarazada…

«Os echaré de menos. Y a ti mucho más, mamá».

Por muchas subvenciones o ayudas que el Gobierno diera, ella no quería vivir así. Quería trabajar, valerse por sí misma, sentirse útil. Deseaba llamar a su familia y contarle que tenía un trabajo y que, gracias a esto, nunca más iban a pasar hambre.

Ahora, mientras recorría los blancos pasillos del hospital tumbada en una camilla y con un dolor punzante, se acordaba de las veces que llegó a subirse al alféizar de la ventana; de las veces que estuvo a punto de acabar con su vida.

«Tenía que haber saltado, joder».

Una terrible contracción le devuelve a la realidad. Es un dolor agudo que la hace sentir como si se fuera a partir en dos; incluso por momentos, hace que todo le dé vueltas.

A pesar de todo, observa a su alrededor.
Consigue captar los gestos de los médicos.

Son de preocupación.

– ¿Ha dilatado?
– Sí, pero no lo suficiente.

Escucha la conversación de los asistentes.
Hablan como si ella no estuviera.

– Pues si no lo hace a tiempo, será peligroso.
– Tienes que empujar, bonita – le dicen.

Ella lo hace.
Empuja y hace fuerza como nunca lo ha hecho.
Le duele mucho.
Pero siente algo peor que dolor: miedo.

Está aterrada.

– A ver, esto no va bien – susurra una médica a otra.
– Tienes que empujar más, cielo – le dice-. Si no va a ser peligroso para ti y para el bebé.

Un último esfuerzo.
Está a punto de desmayarse.
Dolor de cabeza.

– ¡Ya está aquí! – grita alguien.

Silencio.

Susurro de voces.

Pasan los segundos.

– ¿Qué pasa? – pregunta con un hilo de voz.

Y entonces nota algo encima suya.

Cuando agacha la mirada para comprobar qué es, una cara de bebé la mira y rompe a llorar.

Ella también.

– Enhorabuena, es una niña preciosa – le dice un enfermero.

Ella mira a su hija.

«Ya no estoy sola. Te tengo a ti».

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