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Una calle olvidada. Vivencias XI [columna]

3 de junio de 2020

Historias para reflexionar.

@policia_odac Policía Nacional de la Oficina de Denuncias y Atención al Ciudadano. España.

Julia y Ángel son dos policías que han visto de todo patrullando por la ciudad y han estado en muchas intervenciones; algunas de ellas muy jodidas.

Pero la de hoy hará que nunca olviden una cara.

La de esta tarde, es una tarde rara. Van a hacer algo que escapa a lo que están acostumbrados a hacer y a la idea que tienen de su trabajo policial.

– ¿Lo has cogido? – pregunta Julia.

– Sí, aquí lo llevo.

– Vale, conduzco yo.

Julia arranca el zeta e inicia la marcha. No va rápido, tampoco hace falta.

Tanto Julia como Ángel son de la opinión que un coche policial ha de correr cuando realmente es necesario.

– Si no, es arriesgar la vida de los demás para nada – suelen decir.

Julia tiene 28 años. Es delgada, tiene la piel blanca y un pelo negro y largo que recoge en una coleta siempre que entra de servicio.

Es muy extrovertida y, dentro de su binomio, es la que lleva la voz cantante a pesar de llevar menos años en la Policía que su compañero.

Mientras patrullan por las calles semidesiertas, observan a las personas con las que se van encontrando: una chica joven con un perro, un señor mayor con una barra de pan, una mujer en una parada de autobús…

Rostros desanimados marcados por la incertidumbre de no saber hasta cuándo durará esto.

– ¿Te has fijado en las caras? – le pregunta Julia a su compañero.

– Sí.

– Quiero que esto acabe – le vuelve a decir a Ángel-. Que sea como antes. Perseguir delincuentes de verdad y no vigilar a gente para saber si el pan que llevan por la calle es de ayer o si el que lleva un perro vive a dos o a cinco manzanas.

Ángel tiene 45 años, la mitad de ellos, de experiencia como patrullero, y su calvicie incipiente hace que parezca más mayor. Es poco hablador pero sabe escuchar, y eso a Julia le encanta.

– ¿Y no te aburres con él? – le preguntan los demás compañeros – . ¡Si no habla casi!

– Mejor – les contesta Julia – . Así no me corta cuando le cuento mis cosas.

Y a continuación le da un golpecito cariñoso en el hombro a Ángel que hace que este sonría levemente.

El zeta se para en un semáforo de una calle vacía y triste como las caras de las personas en las que se fija Julia.

Los comercios y locales que antes daban vida, ahora aparecen cerrados.

La ciudad solo parece estar viva a las ocho de cada tarde.

Julia tiene sentimientos encontrados con respecto a eso.

– Eso de las ocho. ¿Te gusta? – le pregunta a Ángel.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿No piensas que pasar con las luces y las sirenas puestas a esa hora es quitarle protagonismo a los sanitarios?

– Yo no paso para que me aplaudan.

– ¿Y para qué?

– Paso para dar ánimos yo, no para que me los den a mí. Ver a niños saludando alegres mientras ven pasar el coche de policía…

A Ángel se le quiebra la voz por la emoción. Julia se queda mirándole. Sonríe.

Eso es lo que hacían, cada tarde a las ocho, desde que comenzó todo esto: pasar con las luces y fijarse en los balcones. Y cuando veían a algún niño asomado en un balcón o a alguna niña aplaudiendo en una ventana, se paraban un instante y los saludaban.

Y entonces la vieron…

Fue en una calle estrecha y muy alejada de la avenida principal; una de esas por la que, el resto de compañeros, a las ocho, se olvidan siempre de pasar por ella.

Una calle olvidada por el «Resistiré».

Julia y Ángel giraron el zeta y la vieron. Estaba aplaudiendo asomada en una ventana baja de un primer piso.

Miraba al resto de los vecinos mientras no paraba de sonreír. Era la felicidad hecha persona, una personita de siete años.

Alegría pura.

Julia entonces paró el coche y puso las luces y las sirenas, y a través del parabrisas, la saludó. Un instante después bajó del zeta y le preguntó cómo se llamaba.

– Alba – respondió ella.

Julia cogió el megáfono y dijo:

– ¡Un aplauso para Alba!

Y todos los vecinos aplaudieron y comenzaron a gritar su nombre.

A pesar de ser una tarde rara, Julia y Ángel tienen unas ganas inmesas de hacer lo que van a hacer.

Él no deja de mirar lo que lleva en las manos. Habla menos que nunca.

«Será los nervios. O la emoción», piensa Julia.

Justo antes de llegar a la calle de Alba, comienzan los aplausos de las ocho.

No hay música en esa calle, solo el sonido de las manos de la gente.

El zeta va despacio.

Julia conecta las luces, solo las luces.

Paran el coche y ambos se bajan.

Algunos vecinos dejan de aplaudir expectantes mirando la escena.

Llegan hasta la ventana donde está Alba.

– Toma Alba – le dicen – . Esto es para ti.

Ángel le da un gran diploma de cartulina en el que, con grandes letras de colores, se lee:

«Para nuestra amiga Alba:
SI TÚ NO TE RINDES, LOS DEMÁS TAMPOCO».

Y entonces Alba, con un pañuelo rosa en la cabeza y sin pelo en la cabeza ni en las cejas, rompe a llorar emocionada.

Julia y Ángel, también.

(foto: la vanguardia)

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