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Vittorio De Sica y el cumpleaños más triste de mi vida [Columna]

27 de junio de 2019

Era marzo de 1974. Aparte de compartir tareas en Clarín y de nuestras tempranas incursiones televisivas, con Rómulo (Berruti, claro) hacíamos las comentarios sobre espectáculos en “El Clan del Aire”. Enorme éxito radial que iba de lunes a viernes, de 9.30 a 12.30, por Mitre. Lo conducían el inolvidable Guillermo Brizuela Méndez, Rina Morán, Betty Elizalde, Haydée Lavalle y Rubén Horacio Bayón; el cronista deportivo era Ricardo Arias; el humor lo ponían Haydée Padilla y Jorge Luz, y había otros grandes nombres en lista de espera, como dos Juan Carlos: Altavista y Calabró.

Carlos Morelli Cine +.

Para fortalecer nuestro trabajo, se nos había ocurrido inventar un premio, el “Fotograma Hit de Oro”, que el ciclo entregaría periódicamente a notables del cine mundial (Hit era el nombre de la empresa productora del programa). Habíamos empezado el año anterior distinguiendo al célebre realizador francés René Clément (el de “Juegos Prohibidos”), y ahora, el segundo galardón sería para el enorme e italianísimo Vittorio De Sica. La entrega se acordaría para fines de noviembre, y, para que yo pudiera definir esa fecha, y grabar una larga entrevista previa, la gente del ente oficial de promoción del cine italiano me arregló una visita, ocho meses antes, a De Sica en su domicilio romano de Via Aventina 19, en el área arqueológica de la ciudad, muy cerca del Circo Massimo.

EL HOMBRE, A LA MISMA ALTURA DEL MITO
Desde siempre había amado el cine de ese hombre. Su increíble versatilidad como actor, desde el desternillante Maresciallo Maggiore Carotenuto, Cavaliere Antonio, loco por la Bersagliera María encarnada por Gina Lollobrigida en “Pan, Amor y Fantasía”, hasta el conmovedor personaje de “El General Della Rovere”. Su imponencia como realizador, con aquellos estandartes del neorrealismo que fueron (que son) “Ladrones de Bicicletas” y “Milagro en Milán”; con la picaresca única de “Ayer, Hoy y Mañana”, o con el romanticismo sublime de “El Jardín de los Finzi- Contini”. Y ser recibido por él era algo así como un “sueño del pibe” que me acariciaba y me intimidaba con la misma intensidad.

Por suerte, la “previa” fue con su (segunda) esposa, la actriz catalana María Mercader. Ella me sirvió el primer café, comprendió y atemperó mi nerviosismo, y fue una cálida introductora a la aparición de Vittorio. Apostura. Pulcritud. Calma. Inmaculada cabellera blanca. Impecables saco azul cruzado y pantalón gris. Sobrio en palabras y gesticulación. Generoso en sentimiento y densidad. Tesoros verbales que quedaron en una cinta de audio. Algún lejano recuerdo de Buenos Aires anclado en el Teatro Colón. Un mensaje para los jóvenes cineastas argentinos: “Que vayan siempre en búsqueda del hombre”. Le interesó conocer mi opinión sobre “Il Viaggio”, su película más reciente (y sería la última), estrenada por esos días en Italia. Un melodrama romántico con Sofia Loren y Richard Burton que la crítica local había recibido con una frialdad que a De Sica claramente le dolía. Le dije que a mí me parecía una obra tan sincera como noble (agregándole algunos puntitos a mi calificación íntima) y me alegró comprobar que le había ofrendado una pequeña satisfacción reivindicativa. Quizá también por ello, su agradecimiento anticipado por el “Fotograma de Oro” que iría a recibir en noviembre fue tan efusivo como si le hubiera anunciado un Oscar honorario. Luego, insistió en llevarme en su auto hasta mi hotelito en la Via del Tritone y, frente al edificio del diario “Il Messaggero”, nos despedimos hasta la fecha del reencuentro. El se fue. Pero yo lo guardé, y hasta hoy.

MOSCÚ SÍ CREE EN LÁGRIMAS…
El 13 de noviembre de ese mismo año – una semana antes de la convenida segunda cita – yo estaba en Moscú, acompañando una muestra de cine argentino. En esa noche gélida Isaac Vainikoff, cabeza de la delegación, organizó una cena para festejar mi cumpleaños en un restaurante típico, Cuando estaban por servir el “bortsch”, llegó, para sumarse a la manifestación y a la mesa, Fernando Ayala. Venía de París y, después de un primer brindis, dibujó una mueca, y nos dijo: “Traigo una noticia muy triste: hoy murió Vittorio De Sica”.

Siete días después, en “Il Greco”, el legendario café romano, me reuní con Manuel De Sica, uno de los hijos de Vittorio, músico. Cruzamos las pocas palabras que nuestra emoción nos liberó. Le entregué la distinción que había llegado impensadamente tarde. Nos dimos un abrazo. Y nos perdimos por las callecitas de la Piazza Di Spagna, cada uno con su pena.

Afectuosamente.

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